La revolución social femenina que transforma a Colombia

Recientemente viví una de las experiencias más significativas de mi vida. Como Mujer Cafam La Guajira 2020, recibí de esa Caja de Compensación la invitación a Bogotá a compartir con las demás mujeres representantes de los departamentos del país, una intensa jornada que incluía variados encuentros, uno de ellos con el jurado del premio, sintiéndome consentida por el equipo del circuito 2020 y por supuesto, agradecida con Dios.

Me reservo lo vivido para que, a las demás mujeres seleccionadas en los años venideros, les tome por sorpresa esa grata y enriquecedora experiencia y la disfruten plenamente. Hospedadas en un agradable hotel ubicado al norte de Bogotá, se comenzaron a generar los espacios de interacción en los que voces con distintos acentos, contaron historias de vida que francamente me conmovieron hasta las lágrimas. Es sobrecogedora la forma en que el dolor puede ser transformado en un asombroso poder que las ciencias sociales han denominado en los últimos años “resiliencia”. Considero que esta es la forma más acertada de llamar, esa capacidad maravillosa que tenemos los seres vivos (humanos y no humanos) de transformar el dolor en fuerza, en aprendizaje, en nuevas oportunidades, y en más ganas de vivir la vida y seguir adelante a pesar de los momentos duros y de las huellas que ello nos haya provocado en nuestro ser. Las fui conociendo, escuchándolas, abrazándolas, oyendo sus relatos, mirando de cerca sus luchas, reconociendo sus causas, sabiendo de sus vidas, anhelos y sueños, que al final, eran los mismos que los míos: servir y ayudar a que los más necesitados sean más felices. Conocí a una maestra rural que se desplaza tres horas cada día a dar clases en una escuelita ubicada en una vereda de Nariño, y que les enseña a sus alumnos a investigar, a cuidar el medio ambiente, a ayudarse los unos a los otros y a ocuparse de su realidad con amor. Conocí a dos mujeres afro (cuya característica fortaleza está impregnada en su ADN), una en Sucre y otra en Chocó, que trabajan con otras mujeres víctimas del conflicto armado a ayudarles a sanar sus corazones y a afrontar la vida con valentía, aunque existan profundas cicatrices que en ocasiones llegan a doler tanto como cuando fueron heridas.

Hallé a una noble y carismática politóloga de Amazonas que vive en una reserva natural, ama y lucha por la defensa del medio ambiente, que fomenta la agroecología, es vegetariana como yo, y que además integra a los sabedores ancestrales con las nuevas generaciones para que sus tradiciones pervivan.

Hallé a una dulce sanandresana cuya edad cronológica difiere diametralmente de su aspecto físico y cuyo corazón fue movido hace muchos años hasta el voluntariado de una Fundación que trabaja con niños con discapacidad cognitiva, procurando su inclusión, bienestar y el mejoramiento de calidad de vida.

Encontré mujeres valientes sanadas de cáncer que ayudan a otras a superar esta enfermedad hasta el umbral de la sanidad. Vi a la chilindrina hacer felices en las calles de Popayán a personas sin hogar, bailando de la mano de otros niños disfrazados de los personajes de la vecindad del Chavo del 8. Conocí sabias mujeres indígenas del Cesar y de Vaupés que luchan por los derechos de los miembros de sus comunidades y que muestran con orgullo su pertenencia étnica y el amor por sus raíces, entre otras grandes y poderosas mujeres cuyo espíritu de servicio y vocación por el trabajo social, representan lo mejor de sus territorios.

Concluí que en todos los rincones del país y en La Guajira, hay millones de mujeres Cafam invisibles, trabajando en sus comunidades, enseñando en escuelas rurales o en comunidades étnicas, liderando causas en favor de los derechos de las niñas, niños, jóvenes, discapacitados, indígenas, afrodescendientes, adultos mayores, mujeres, medio ambiente, animales, presos, madres cabeza de hogar, enfermos, habitantes de la calle, desplazados y víctimas. Ellas lideran silentes, empoderadas, valientes, decididas, aguerridas, esperanzadas, entusiastas, resilientes, y muchas veces sin saberlo ni mostrarlo, procesos y acciones que conforman desde mi punto de vista, la revolución social femenina que está transformando a Colombia.