La tertulia de la mesa número 7

La séptima mesa de esa cafetería se convirtió en lugar de tertulia diaria, de lunes a sábado entre las nueve de la mañana y la una de la tarde. Aunque nadie lo propuso, algunos temas estaban vedados, como la religión y la política de partido, mucho más la rastrera e insustancial que generalmente alimenta las reuniones entre amigos. A esa mesa acudíamos sin falta siete personas ligadas por un interés común: intercambiar ideas y, más que todo, pasar un rato ameno alrededor de un tinto; más tarde lo cambiamos por la gaseosa “que nos mata dulcemente”.

Cuando llegué por primera vez a la mesa comprendí que el ambiente reinante en el grupo de jubilados era lo más parecido a una tertulia, aunque no siempre tenía el carácter de literaria. Con el tiempo se nos volvió indispensable acudir a ese sitio de encuentro. Jamás hubo una discusión altisonante. El respeto mutuo llamaba la atención de los parroquianos de mesas contiguas a la nuestra. Prontamente supimos que nos mencionaban como “la mesa de los intelectuales” y tengo la sensación de que bajaban la voz al pasar por nuestro lado. Todo duró casi siete años. Hoy, con nostalgia, recuerdo esos días y, sobre todo, a cada uno de mis compañeros de mesa, con ideas y  opiniones muchas veces contradictorias.

El 13 de abril del año pasado nos abandonó el primero de los amigos de la mesa. El Covid-19 lo siguió hasta Tampa, en los Estados Unidos, y se lo llevó consigo. Arnaldo Cotes Córdoba había viajado a esa ciudad hacía catorce meses y comenzaba una nueva vida, plena de felicidad, según nos mostraba en videos que nos enviaba con frecuencia. Por ese primer año luctuoso y porque nunca alcanzamos a celebrar con él suficientemente su amistad, dedicaré unas palabras a su memoria.

Arnaldo Cotes Córdoba fue una persona jovial, sincera, responsable a carta cabal. En su decurso vital debió sortear situaciones difíciles pero supo levantarse y retomar el camino: una senda que en el campo profesional comenzó a recorrer con el tesón que por costumbre y convicción imprimía a sus acciones.

Desde el primer día que me vinculé al grupo de la mesa noté en Arnaldo Cotes la inteligencia y perspicacia de un ser interesante; sin embargo, había en él gran dosis de desencanto –para no decir que de resentimiento– en el ejercicio de su profesión. Lo atribuía a la hipocresía y deslealtad que encontró entre sus compañeros periodistas, proclives a la zancadilla y otras triquiñuelas condenables con tal de surgir en el medio de la comunicación social. Me convencí de su valía dentro del periodismo cuando lo oí disertar sobre Louis Althusser y Ferdinand de Saussure. Al preguntarle por qué tenía noticia de estos dos grandes pensadores, me contestó: “Profe: yo no pasé por la universidad para entregar domicilios”. Y continuó con alusiones a Claude Lévy-Strauss y a otros personajes que no son propiamente del periodismo.

Arnaldo Cotes Córdoba era periodista egresado de la Universidad de Antioquia. Durante muchos años laboró en el periódico El Informador, de Santa Marta; antes se había desempeñado como corresponsal del diario más importante del oriente colombiano: Vanguardia Liberal, de Bucaramanga. Fue cronista, corrector de pruebas y editorialista en varios momentos de su vida periodística. Jamás pensó que él sería el primero en abandonar para siempre las tertulias de la mesa número 7. En efecto, le siguieron en el viaje a la eternidad los amigos César Fontalvo Ayola y Ernesto Lozano Bernal, aunque no por causa del Covid-19. En menos de cinco meses la parca se encargó de desintegrar el selecto grupo que habíamos conformado.