La verdad de las mentiras

En una explosión de recurrente catarsis había decidido no opinar sobre los temas de la ciudad y la región, porque sentía que por muy elevado que pretendiera ser el discurso, siempre lo reducían a un comentario con sesgo político. Pero leer siempre salva y encontré a Savater defendiendo su esquina de opinión afirmando que la columna es un servicio público porque ayuda a la gente a entender un poco mejor lo que ocurre y a entenderse mejor a sí misma.

Dedicado en estos días al trabajo escritural de más largo aliento, creando historias que se perfilan muy pronto para ver la luz y los ojos de lectores que quieran comer cuento;en esas estaba, escribiendo verdades sobre las mentiras como llama Vargas Llosa a la ficción, cuando la realidad empezó a asomarse por las ventanas polarizadas de la epifanía para gritarme con fuerza de sentencia lo que Borges intuía “que nuestra humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria”.

Como si le diera inicio a un libro empiezo a pasar las páginas y en el primer capítulo observo por el parabrisas una pareja embotada a bordo de una moto en el epílogo del puente festivo. Él conduce y ella va detrás con sus dos manos ocupadas asegurando como a la vida, una botella de “Perro con perro” aun sellada. Sus rostros -sin tapabocas- están mojosos por un polvo blanco y sus cuerpos anestesiados por el alcohol, un coctel tan contundente que les hace olvidar que existen pares, que la calle tiene normas, que no están solos en el mundo, que hay un rebrote del virus y que más del 50 por ciento de las muertes están asociadas a accidentes en moto.

En el segundo capítulo me detengo justo en el momento en el que un menor de origen venezolano trata de bajarse de su bicicleta y se desvanece en un instante, cae al suelo inconsciente y pálido. En solidaridad lo auxiliamos y lo trasladamos al mismo hospital donde en días pasados un video filtró imágenes de una “pausa activa” con música y baile, pero que no dispone de camillas, ni camilleros para atender urgencias vitales.  Voces de conocidos especulan con el hambre. El niño alcanza a contar en su lenta reacción, que su cuerpo a veces se detiene y sus músculos no responden. Él es un menor trabajador que presta servicios de domicilio por un diario infame.

En otro episodio una habitante del barrio José Antonio Galán de Riohacha difundió un video en redes sociales denunciando el indiscriminado vertimiento de aguas residuales al mar en su sector, en una ciudad capital cuyo principal rubro económico para su autonomía presupuestaria es el turismo. La imagen es una cascada de inmundicia desbordada que colmata los desechos en un área residencial con la mejor vista y el mayor potencial de la ciudad. Usuarios de redes descalifican su contenido indicando que el video es viejo y que corresponde al tiempo de lluvias cuando aguas de escorrentías hacen colapsar el sistema inconcluso de alcantarillado. La justificación termina siendo otra verdad sobre la mentira: todo es viejo.

Como colofón una mentira final. Desde que se reemplazó el monumento a Francisco El Hombre, quien posaba en la única rotonda que tiene la ciudad desde diciembre de 1993, por la majestuosa obra en la que el músico hecho leyenda derrota al diablo con su talento, los vehículos han competido por liberar al demonio, involucrados en aparatosos accidentes con un saldo fatal y afectación material de los bienes públicos. La seducción del maligno es un relato nuevo para transfigurar la anarquía ciudadana pospandemia que se viste despacio porque tiene prisa por recuperar el tiempo perdido, al intentar ponerse al día tras las horas de encierro. No se le vaya ocurrir al mundo acabarse antes de tiempo y les vaya a dejar el gozo sin estreno.

Les dejo el fin de esta historia fragmentada y finita como el mundo, parafraseando a Vargas Llosa: la ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo… o lo que es más complejo aún, el regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos.