Las crónicas del Valle de Upar: pa´ donde va… iba

Por allá en 1998, cuando los paracos estaban en su apogeo, sueltos de madrina, de vez en cuando organizaban retenes en las carreteras para ver si caía algún guerrillero que estuviera en sus listados.

Manuel Fidel Pérez Maestre, natural de Patillal, era hijo de un extrabajador sindicalista, que tenía simpatía por las ideas de izquierda y por tal razón bautizó a su hijo en honor a los nombres de sus ídolos Manuel Marulanda Vélez ‘Tiro Fijo’ y Fidel Castro.

Manuel Fidel creció con las mismas ideas de su papá, Lenin Stalin Pérez, hablando a los cuatro vientos que ‘Tiro Fijo’ tenía que ser presidente para mejorar la situación. Su esposa Carlota lo aconsejaba permanentemente que se dejara de esas cosas porque había escuchado a unas amigas que por ahí andaban unos tales paracos armados hasta los dientes y su vida podía correr peligro. Manuel no paraba bolas y seguía con su disco rayao donde quiera que llegaba.

Una mañana, su papá Lenin, le pidió el favor que fuera a Valledupar a buscar un repuesto del carro, y a la altura de Río Seco cayó en un retén de los paras y de inmediato fue abordado por el comandante.

—¿¡¡¡Cómo se llama el civil!!!? —Interrogó con vehemencia el jefe paramilitar.

—Me llamaba…—respondió Manuel Fidel con la cabeza gacha y con la voz quebrada, al ver tantos uniformados con fusiles, en especial a un grandote que portaba una motosierra stihl.

—¿Pa dónde va?

—Iba…

—¡Entrégueme su cédula!

Manuel Fidel de los nervios no daba para sacar la cédula de la billetera, pero haciendo un gran esfuerzo, prácticamente el último, logró sacarla y la entregó.

Tan pronto el comandante cotejó la cédula con los datos de su lista, ordenó bajar a Manuel Fidel y ordenó a sus subalternos que lo amarraran. De inmediato encendieron la motosierra… Manuel Fidel se orinó de los nervios, sudaba mucho y recordaba los inútiles consejos que le daba Carlota. Quién te manda a tirátela de izquierdozo, ¡mojón de leche!…, se recriminaba así mismo. Mientras tanto, la motosierra seguía rugiendo como un león en cacería. Se acercaba la hora del viaje sin regreso. En eso, empezó a escuchar unos gritos: “Manuel Fidel, amor, levántate a desayunar”. El pobre Manuel Fidel acababa de tener una pesadilla y el ruido de la motosierra que escuchaba era el que hacía la licuadora cuando Carlota le preparaba Milo.