Las gitanas del cine… solo recuerdos

“Gitana decile que yo la quiero porque si no el desespero me partirá el alma” El aparte transcrito corresponde a la canción titulada ‘Gitana’ de la autoría de Roberto Calderón Cujia que incluyeron ‘Los Betos’ en el LP titulado ‘Orgullo Guajiro’ que la disquera Codiscos puso a disposición del público en el mes de noviembre de 1980, en la cual dice su autor que, por haberle incumplido la cita, la continuidad de sus amores con la chica dependía de la consulta que sobre su suerte ella haría a una ‘Gitana’.

Vino a mi mente esa canción de las más bellas composiciones de Calderón, a propósito de la celebración el día 8 de abril del ‘Dia del pueblo Room’ más conocido como los gitanos, en esta fecha se conmemora el día en que en Londres se estableció la bandera y el himno de esa comunidad que se encuentra dispersa por todo el mundo.

Con relación al tema se han escrito ríos de tinta, se trata de una comunidad étnica que viene de Egipto y llegó a nuestros alares como consecuencia de las migraciones desde los tiempos de la Colonia y se dijo hace diez años que ya en Colombia existía un censo que daba cuenta de 4.830 de ellos entre nosotros.

Cuando escucho hablar de esa minoría étnica vienen a mi mente los más gratos recuerdos de su llegada a Monguí parapetados en viejísimos camiones de los cuales colgaban cachivaches de todo tipo, bocinas, palos, micas, micos y poncheras, llegaban a ‘Dar cine’, fueron ellos quienes permitieron que por primera vez vieran una película estos ojos heredados de mi vieja que habrán de comerse los gusanos de mi pueblo.

La llegada de esos curiosos personajes era en aquel tiempo un acontecimiento de connotaciones regionales, los pueblos circunvecinos quedaban vacíos durante las noches, los rastrojos cercanos eran abandonados por sus trabajadores porque se venían a presenciar esa plomeras que se armaban entre hombres que montados a caballos disparaban unos contra otros mientras cantaban rancheras, para mi era algo de otro mundo porque hasta entonces nunca había visto televisión ni asistido a una sala de cine, ya que no teníamos servicio de energía y televisor menos, claro pero vivíamos felices.

No pasaba inadvertida en nuestras polvorientas calles la presencia de esas mujeres caderonas de faldas larguísimas y multicolores y de larguísimos aretes que con su cabeza forrá iban de un lado a otro avisaban que habría “función” por la noche, sin duda en mi inocencia supina siempre les tuve miedo porque me parecían enigmáticas, y siempre pensé que venían de otro mundo, su peculiar caminar como gansos cazando sabandijas lo recuerdo como si hubiera sido ayer, tampoco olvido que se acuñaban en la culata de mi casa y desde allí llamaban a los transeúntes para echarles la suerte sin que yo haya podido saber cómo hacían -y creo que todavía lo hacen- para leer cosas en la mano, eso merece una explicación.

Precisamente sobre el tema en la mano del presente, el futuro de lo que está pasando y lo que viene nunca olvido la vez que una de ellas quiso engatusar a mi abuelo y él resultó más bellaco que ella.

Resulta que una agraciada gitana llegó al salón de mi casa a donde él se sentaba a contarnos historias las primas noches, le dijo a él que si le pagaba le “echaría” la suerte, como el no tragaba entero le dijo que no le interesaba el tema, ella insistió hasta que finalmente él le mostró la palma de su mano llena de callos producidos por su hacha de cuatro libras y su rula Collins y ella comenzó a decir: “Viejo, aquí lo que veo es plata, usted tiene aquí una fortuna, usted va a ser es millonario…” mientras mi abuelo permanecía con su cara como alcalde sin presupuesto mostrando su incredulidad en el halagüeño futuro que le estaban anunciando, cuando terminó su perolata le dijo a mi abuelo que le tirara alguito y él le ripostó enseguida: “No tengo nada en el bolsillo, así que te va a tocar coger lo que quieras, pero del platal que tu dices que tengo en la mano”, esa señora lo miró como el diablo a la cruz, le torció los ojos y se marchó, esa vaina no la olvido, había cumplido yo aproximadamente seis añitos.

La tecnología y la llegada del servicio de energía acabó con la inocencia de los muchachos, los buenos ejemplos ya no sirven de nada porque la corrupción, los intereses individuales, la envidia y la maldad pusieron fin a los recuerdos de nuestras noches placenteras en nuestras hamacas porque por allí nadie tuvo cuna, cambiaria hoy muchas cosas materiales por las frías noches alumbradas por la luna inmensa mientras mi abuelo sabio nos contaba cuentos, anécdotas e historias de Francisco ‘El Hombre’ y de la Guerra de los Mil Días, aquellas noches cuando alumbrados por las lámparas de querosín escuchábamos Radio Sutatenza y ‘El Reportero Caracol’ compartiendo con mi padre la patilla que solo partía después que la radio dijera: “El primero con las últimas”, eran minutos eternos y así nos obligaba a escuchar las noticias que me parecían aburridísimas, hoy sé que allí estuvo la base de mi formación intelectual. ¡Qué tiempos aquellos!