Las ñongas

Todo empezó en 1492, justo cuando Cristóbal Colón descubrió América.  Luego vino ese cuento complicado y violento de la conquista española y hasta ahí la cosa iba bien.

En la ecuación del mestizaje aún no aparecían los crespos afro porque “blanco + indio = mestizo” y esas cabelleras más chorreadas y lisas no podían ser.

La vaina se puso tesa fue en la época colonial, cuando trajeron a los negros esclavos desde el África para los trabajos pesados y estos bandidazos europeos sucumbieron, como aún sucumben y sucumbirán, a los encantos de mi hermosa raza negra y empezaron a nacer los mulatos: ahí fue cuando torció la puerca el rabo y se jodió Pindanga, para dar inicio a la generación de las ñongas, las pelo malo, apretaos o cucú, como quieran llamarlo.

Y entonces alguna abuela perezosa, que de seguro no fue la mía, se le dio por renegar al desenredar ñongueras, hacer trenzas y torcidos y dispuso que semejante cabellera fuerte y coposa, sería un “pelo malo” y nos contramataron con ese estigma.

La sociedad de consumo que aún nos consume, inventó el alicer y en la tierra de Padilla sigue siendo un enigma, el primado del uso y abuso de 2 bienes de la canasta familiar: ¿Old Parr o Alicer?

Vaya usted a saber, eso sí que es un misterio. Porque yo conozco familias de parranderazos, de esas que se reúnen en los parqueaderos reventando whisky a la trocha y mocha, pero también les conozco su pocotón de hermanas y todas tienen los pelos impecablemente estirados.

Bueno ya lo que fue, fue, y yo no soy la excepción a la regla porque aún recuerdo que justo un día antes de mi primera comunión, con los dientes de leche recién mudados, me llevaron a alisarme el pelo y antes de recibir el cuerpo de Cristo, aprendí lo que era dormir con rulos y levantarse con tortícolis.

Aclaremos el panorama: no es pelo malo. ¿Qué tiene de malo ese pelo? ¿Qué pecado cometió? Y como todo es moda y la belleza es subjetiva, en la actualidad, 40 años después de mi primera comunión, se impone y con furor, la moda del crespo, ñongo o cucú.

Y como castigo divino por no aceptar mis adorables ñonguitos, hoy se me van los ojos viendo esos paracos que bien podrían ser el mío y que pisan fuerte tanto en las pasarelas internacionales como en los reinados de belleza… solo que el camino es largo y pedregoso y un estigma colonial no se derrumba con una corona universal y unas cuantas pasarelas en Europa y aún hoy a mucha gente les parece malo el pelo crespo, afro, ñongo o cucú.

La verdad es que, yo tan leguleya, me quedo sin argumento y hasta me avergüenzo un poco cuando me preguntan por qué aún me aliso el pelo.

Hoy solo quisiera reivindicar un poco al pelo ñongo, lleno de magia en las manos de las abuelas, que tejen las trenzas más perfectas de toda la bolita del mundo. Ellas, en un mecedor y con una nieta ñonga entre sus piernas, desenredan con amor y paciencia, con aceites, grasas y pomadas para nutrir con cuidado cada hebra.

Las ñongas tenemos el honor de haber recibido tanto amor por cuenta de quien se atrevía a domar cada hebra y que mientras lo hacía, trasvasaba a nuestro intelecto historias y leyendas que a veces desempolvamos en los recuerdos más bonitos de nuestra niñez.

Y siento un olor a piel roja y me imagino cerca a una máquina de coser, en el patio, debajo de un palo de mango; mi abuela Pilar Henríquez me hace 2 trenzas, me cuenta el milagro de la Mello, me canta “toca las maracas Brito, porque yo las necesito” y me regala 20 chavitos para comprarme una cocadita aún calientita en la esquina de Guapo, donde Quintina.