Leandro Reyes y Francisco

En todo acontecimiento no falta una casualidad, un pero o una coincidencia. Esta última es la más recurrente para evadir o evitar afectar las susceptibilidades.

De esta forma, cuando tenía mí escrito memorias prodigiosas para enviarlo a la dirección de este diario, me encontré con la coincidencia de un mismo titular y procedí a enviarlo con los nombres de los personajes que también han contado con este prodigio.

Mi padre es mayor que Leandro cuatro años, pero a pesar de su edad y su escaza visibilidad conserva su mente intacta. Recordándome a Doña Reyes, la que conocí en Riohacha de ciento cinco años de edad, con una memoria de niña superdotada para referirse al cuento y al mito de Francisco. Ella era galanera, si es que así podemos denominar el gentilicio de los nacidos en esa población; quedé sorprendido cuando Doña Elda y su hija Luz me la presentaron, hablando con muchas versatilidad y lucidez de las costumbres de su época, de los viajes en recua que hizo a la provincia y de las aventuras amorosas de los arrieros en las posadas o rancherías. De las leyendas y los personajes con disposición para el reto y el duelo con las extintas palabras de galleros.

Es de elogiar a quienes la divina providencia les da esa facultad como a Francisco Antonio, a Leandro, el más talentoso compositor de música, hoy conocida como vallenato; Francisco el de la disposición para el trabajo, para quien no hubo horario ni tiempo para vacacionar. Cafetero por tradición, contrabandista por insinuación de Jeño; a Curazao y Aruba llevó su café tostado que Lucho, Leonel y mis hermanos preparamos en emocionante molienda con los amigos de San Roque. Algodonero por accidente, allá en las riveras del río Maraca, ilusionado por José Amado, motivado por las habilidades de Jonás Cantillo y Miche el Juntero. Ya cuando esas tierras habían dejado de ofrendar generosamente su productividad, que la profecía del juglar vallenato, lo pronosticó y lo reafirmó Leandro en su cruel verano.

No sé quién ni cómo llegó Leandro a Tocaimo ni porque lo llamó ‘El Pueblo de mis Amores’. Sé que allí vivían algunos juglares que le dieron la oportunidad para ser profeta fuera de su pueblo, retribuyendo este respaldo entrelazando a todos sus habitantes en su canción ‘La lidia’. Donde mi tía Nina y el Nino fueron sus protectores, fueron incluidos en esta recapatila de gente. En su periplo, primero fue adivino, luego guacharaquero, cantante de rancheras. De Tocaimo, se trasladó a Codazzi, donde Don Mario Murgas, ‘Poncho’ Ávila y Ceferino, le brindaron su apoyo y comenzó su consagración. Viajaba con frecuencia a Urumita, Villanueva, La Jagua y El Plan, donde conoció a ‘Toño’ Salas, quien fue su compañero de fórmula en los últimos años.

En Urumita tuvo la oportunidad de conocer a Cecilia, la del estanco de moda, convirtiéndose en la Musa para una de sus mejores canciones ‘A mí no me consuela nadie’. Algunos cronistas consideran a Leandro como una estrella que brilla en la oscuridad o como el Homero de las provincias de Padilla y si establecemos una relación entre la providencia y lo maravilloso, la historia nos permite comparar la edificación de su obra con la asombrosa recuperación en salud de Marco Antonio, que parecen cosas de milagro aunque los milagros suceden dentro del orden de la naturaleza, con algo de misterio y cosas que suceden raras veces, como manifestaciones de la providencia, esto según nuestro hidalgo caballero. Y lo de Leandro podemos considerarlo como una simbiosis entre el milagro y lo maravilloso, construyendo su pedestal cantándole a la naturaleza, a sus amores y a sus amistades y a quienes no le cumplieron sus promesas como en “el regalito”, pero sin dejar de ser un ejemplo de superación y constancia, que con sus metáforas hacia sonreír y hasta florecer las estériles praderas.