Los dos lados de un país confinado

Por Abel Medina Sierra

Pocos eventos cambian tanto de un momento a otro como la percepción de la realidad del país en tiempos de pandemia y confinamiento que vivimos los colombianos en estos días. Solo es pasar la página, cuando, repentina y paradójicamente, pasamos del país de la maravilla al purgatorio, del régimen de la eficiencia al desgobierno, del panorama alentador a la desesperanza. Todo eso, con solo pasar de ver la “cadena” presidencial televisada de todos los días (al mejor estilo chavista), a las noticias que le siguen en horario triple A por los canales de la televisión nacional.

Aún, con toda la agenda progobierno que suele subyacer en el tratamiento de la información nacional en estos medios hegemónicos, les resulta inocultable, impajaritable, por la abrumadora certeza de los hechos concretos, desnudar cómo el país pierde la batalla ante la Covid-19 y tener que desmentir a un presidente y su equipo de gobierno e invitados que, minutos antes, acaban de intentar, sin éxito, de convencer al país que “vamos bien”, que “la curva se está aplanando” o “hay países que están peores”. La televisión, esa caja de magia, nos hace experimentar a diario, un salto repentino de la ficción duquista de un país feliz, a la realidad espantosa y certera del despeñadero.

En el lado A del programa ‘Prevención y acción’ que se trasmite por todos los canales públicos nacionales y regionales, incluyendo privados como Caracol y RCN, el presidente Iván Duque ha pretendido crear un puente y una interacción que no tuvo en su primera parte de gobierno con los colombianos, pues solía pasarse de reunión en reunión con los gremios económicos y más preocupado por los problemas del Venezuela que de los nuestros. En el lado B, los noticieros nos muestran a diario del clamor de los colombianos para que el presidente se haga sentir mucho más allá que con decretos de confinamiento; sigue distante del país y sus necesidades, así se pase todo el día hablando con su sanedrín o con su propio ego.

En el lado A, su alocución diaria pretende dar a entender que su gobierno no deja cabo suelto, que está a cargo de todo, que ha pensado en todo, que legisla de manera integral, que su equipo es una máquina eficiente, aceitada y oportuna. Los noticieros nos revelan la cara B con las quejas de todos los sectores sociales, económicos, culturales y regionales que se quejan del desgobierno, que están hastiados de los palos de ciego y los desatinos de este régimen.

Cada noche se invita a un “experto”, de esos que está a la caza de una corbata en Colciencias, para que demuestre con cifras, que somos de los países que mejor ha respondido a la amenaza de la pandemia. Justo el día que nos ubicamos entre los países con mayor número de contagios en el mundo, el día que cada 4 minutos murió un colombiano por esta enfermedad, cuando a Bogotá llegaban contenedores para depositar los cadáveres que ya no caben en la morgue, el presidente, a través de un “experto de bolsillo”, trataba de convencernos que las cifras nos presentan como uno de los países menos afectados. En la cara A, nos comparan con los países de peores resultados, más luego, en los noticieros, el lado B nos pone en referencia con los más de 100 países que muestran cifras mejores.

En el lado A, el ministro de Salud se esmera día a día en demostrar que el sistema de salud, “gracias a este gobierno”, está preparado, que no necesitamos traer médicos de Cuba, que el Estado ha beneficiado a toda la red hospitalaria. 10 minutos más tarde, nos informan del colapso de camas en UCI, de ventiladores que prometen y no llegan, de hospitales en quiebra, pruebas retrasadas o insuficientes, médicos sin paga y sin equipamiento de bioseguridad.

El lado A nos deslumbra con la cifra de 117, 2 billones de pesos destinados por el gobierno Duque, 11 puntos del PIB, para atender la emergencia nacional. Solo es ver el noticiero para que fuentes como el Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana nos revele el lado B: si acaso llega a 3.4 billones tal inversión.

En el lado A solo hablan los cercanos al presidente, los que le dicen lo que quiere escuchar. Se inventaron las preguntas del ciudadano, pero las editan y escogen las que salen al aire. Solo se habla de lo que hace el gobierno, nunca de lo que no hace o lo que hace mal. Ese programa, ha sido la concha que le ha permitido a Duque evitar los micrófonos incómodos de periodistas atrevidos que le pregunten por la sistemática matanza de líderes sociales y desmovilizados, sobre la ‘ñeñepolítica’ y los dineros extranjeros de su campaña, sobre las chuzadas y demás escándalos del ejército, sobre su amigo el fiscal y los trapos sucios de “Martuchis”. Solo hay que esperar un poco a los noticieros para volver al sórdido mundo del lado B.

En el lado A, cada día se anuncian nuevos decretos, aparentemente bien intencionados. Las noticias, luego, descubren el lado B del caballo de Troya: los cambios a la Constitución, varias reformas disfrazadas aprovechando la emergencia y sin control político del Congreso. Empréstitos que nos van a dejar empeñados de por vida sin que eso sirva, al menos, para garantizar una renta básica en el confinamiento. Del lado A, Karem Abudinen nos descresta con la “cifra revolucionaria” de conexiones y dispositivos entregados por este gobierno que nos hacen un país conectado; del lado B, resaltan las profundas asimetrías y la enorme distancia frente a otros países de la región. Una cara A que nos vende el embeleco ideal de la alternancia educativa y, enseguida, las noticias nos dejan escuchar el grito del país que lo ve como un absurdo. El lado A nos hace creer en un Estado generoso en su agenda social, asistencialista; solo basta ver o escuchar noticias para descubrir que, solo se ha preocupado que la élite económica no pierda privilegios y la inequidad se mantenga.

Quien quiera practicar el onanismo mental, hacerse la idea que todo está bien, seguir cayendo en el negacionismo similar al de Trump, Bolsonaro y Maduro, quien prefiere hacerse la idea que vamos por el camino correcto y no sucumbiendo ante la pandemia, quien quiera imaginar que estamos en la arcadia feliz del país de las maravillas, bien y transparentemente gobernados, que siga viendo el lado A que nos trae de lunes a viernes el más bufón de los presentadores de televisión. El que no es ciego ni sesgado y ve el lado B, ya sabe qué programa no ver y dónde informarse.