Los lápices de hoy no son como los de ayer

´El tiempo es una cosa que toma mucho tiempo comprender. La mayoría de nosotros ha tenido vidas tan fugaces que difícilmente nos hemos percatado de su transcurrir. Pero el tiempo pasa. No se detiene. Viene, nos visita y se va, trayendo y llevando consigo olores y colores, sonidos y olvidos.

Hemos sentido el transcurrir del tiempo en los sutiles cambios de los pueblos, en los vestidos, en las nuevas fisuras de piel, pero no lo hemos concebido como algo voraz y devorador, algo que arrasa, algo que destruye y crea, un monstruo que se sacude con violencia a través de los años. Ese concepto del tiempo solo pueden tenerlo los que han vivido demasiado, los que llevan en el mundo dos o tres veces más que nosotros.

A esa categoría de los que lo han visto todo, o por lo menos una mayor parte del todo, perteneció Jaime Maya Palmezano, más conocido como ‘Cochise’, un hombre que durante ochenta años cumplió rigurosamente la tarea de sentarse a dibujar.

Es mucho y es poco lo que puede decirse acerca de Jaime Maya. Es mucho por lo mucho que vivió. Es poco por lo que se vio cuando se le vio deambulando por las calles de Riohacha o en el parque Padilla en donde frecuentaba ir por las tardes a fumarse sus cigarrillos hablando con sus amistades y mostrando sus últimos dibujos que cargaba en rollos dentro de su mochila; una simple superficie arrugada de color morena, una cabellera blanca y digna, unos ojos perdidos en sombras detrás de unos gruesos lentes y una risa de dientes que también habían ganado la batalla contra el tiempo, ese golpeteo como de ola a roca, que Jaime Maya supo soportar como una verdadera roca.

Por encima no se ve que es lo que resulta admirable en ese hombre. La longevidad que alcanzó unas cotas exorbitantes y frente a eso vivir ochenta años es como ser un adolescente. Quedó entonces su vida, y al inquirir por ella nos encontramos con que su vida fue ese pequeño lápiz que tomaba entre sus manos, ese dibujo arrugado que pintó y retocó, y esa mochila que nunca dejo cargar consigo.

Ahí está lo admirable de Jaime Maya; no fue su longevidad, fue lo que hizo con su longevidad, fue lo que hizo con cada uno de sus años desde su infancia, allá a principios del siglo XX.

Entonces Jaime Maya sí es admirable. Fue un artista, un verdadero artista, quizás más artista que todos los artistas. Jaime Maya fue el artista más fiel a su arte, el que más tiempo le dedicó, el que con mayores obstáculos debió enfrentarse, el que menos ruido y dinero recibió, el amante más abnegado de lo que hizo, el hombre más convencido de su destino, el hombre más testarudo de la tierra, el hombre más sabio del mundo, la piedra más humana del universo, el indio más indio del mundo.

Cuando se hablaba con Jaime Maya se notaba su emoción y más si se le preguntaba cuáles fueron sus comienzos, hablar de comienzos era hablar de su infancia y ese, por sobre todos, es el tema favorito de los viejos. Nació el 31 de agosto de 1.939 en la ciudad de Riohacha y en la que vivió durante toda su vida y desarrollo toda su labor artística. La Riohacha en la que nació no era más que un montoncito de casitas abrigadas del mar con una plaza y una iglesia, fueron las imágenes que frecuentemente venían a su recuerdo y que se convertían en su principal motivo de inspiración para sus dibujos, pinturas y cerámicas que el orgullosamente elaboraba en su taller artesanal ubicado en su residencia de la carrera 7A entre las calles 17 y 17B de Riohacha, el cual compartía con su esposa Eva Gómez.

Terminaré diciendo que las obras de Jaime Maya todas se las ha llevado el tiempo. Pinturas multicolores diurnas y nocturnas de rancherías plasmando en ellas su cotidianidad cultural con danzas, festivales y funerales, en unas ayudado por la luz solar y en otras, por las luces de los mechones autóctonos de los wayuú. Estos recuerdos se justifican a sí mismos decía, son simples reflejos de la felicidad que un hombre extrae del arte de dibujar y decía “para dibujar hay que tener alegría que es lo que da fortaleza moral”. Sus aspiraciones fueron las de ser un profesional de la pintura y al óleo con toda su riqueza multicolor, el único problema era el costo de los materiales, “todo está tan caro y las cosas de menor calidad. Los lápices de hoy no son como los de ayer”.

Adiós a Jaime Maya ‘Cochise’, te recordaremos siempre colega como ese abnegado artista que fuiste siempre y quisiste ser.