Los malos mimetizados de buenos

El malo mimetizado de buena persona y, además, simpático, es casi un éxito de la naturaleza, que también ha hecho a los camaleones, tan irisados y cambiantes. Yo tiendo a descubrir la gracia mimética del malo.

Donde más se mimetizan esos malos es en la política. Parecieran que nunca hubieran quebrado un plato. Ponen una cara de buena persona que cualquiera les cree que son buenos pero en el fondo de su corazón son malas personas en toda la expresión de la palabra.

Lo que ahora se debiera reclamar por anuncio es: “Necesitamos personas malas, que quieran ganarse un salario secundando nuestras malas intenciones de ganar dinero trampeando y tendrán parte de los beneficios” se presentarían montones de personas deseando ponerse al trabajo. Pero realmente era eso lo que se decía en los antiguos anuncios, lo que se veía al trasluz. Se pueden leer cosas como esta: “Se necesita un buen candidato que sean, a la vez, buena persona, o se deje manejar” o “Se necesita cualquier arpía, con tal de que sea buen candidato a la alcaldía”.

Lo que más divierte es ver a esos malos llenos de encantos, simuladores y disimuladores, azacaneados en trabar relaciones, enredarlas entre sí, conspirar, confundir para sacar alguna tajada. Es su modo de ser. No tienen otra forma de vivir, creen firmemente que esa es la lucha por su existencia, el único medio de afirmarse el malo o la mala del pueblo, de la cuadra o de la tertulia; el malo o la mala de aspecto muy sociable son personas que nunca demuestran sus verdaderos sentimientos y a las que les repele que alguien las vea sufrir, aunque sus sufrimientos internos son a veces desmesurados. Se alegran tanto del sufrimiento de los otros, que no quieren ser pasto de lo mismo y disimulan cuanto pueden.

Lo que no pueden disimular muchas veces, ante quienes los observan con atención, es su maldad. La maldad deja en el tejido del alma humana unos flecos que siempre la delatan. Son las imprudencias que comete su disimulo.

En ciertos ambientes mundanos y competitivos se ven caras trabajadas por el disimulo, como la que pueden tener algunos políticos de provincia. Las pasiones muy fuertes marcan. La maldad es a menudo una forma de pasión, una mala pasión. Quien es presa de una pasión no puede salvarse a sí mismo, ni tampoco puede ser salvado. Pero muchas veces lo que se muestra en la cara no es la mala pasión, sino el sufrimiento que procura. Por eso muchos malos tienen cara de buenos sufrientes, para poder descubrir esas cosas hay que ser un poco desinteresado.

Es como el que va por el campo paseando desinteresadamente y, de repente, se encuentra una seta. Pero también se puede ver que sufren porque ya no pueden disimular. El malo se mimetiza de gente buena. Pero en el fondo es mentira y en cualquier momento se quita el disfraz.