Los marconi

En unos de esos viajes placenteros al pasado, de esos que la melancolía de tanto en tanto me motiva a hacer, subí a la máquina del tiempo de mi memoria y aterricé en ‘los marconi’: Misivas especiales, breves, claras y contundentes.

Por allá en los años 80, cuando yo era aún una niña en los albores de la pubertad, con piojos en la cabeza, lombrices en la barriga y mariposas en el corazón, alcancé a enviar cualquier telegrama.

Recuerdo además que en cada luto de mi casa, se abría un fólder donde se agrupaban todos los marconi que llevaba en una bicicleta medio chueca, un flaco y lánguido cartero, que obviamente era odiado y perseguido por todos los perros de la cuadra; antipatía recíproca expresada con piedras, ladridos e insultos.

En todo caso, era deber de quienes los recibía, perforarlos con cuidado y meter los dos huequitos en el gancho legajador de metal, acomodándolos en el exacto orden cronológico en que eran recibidos.

Con el pasar de los días, se hojeaban y comentaban para encender las ganas de recordar al difunto y tener bien presente, con gratitud en el alma, a las personas que habían cumplido con el sacro deber del pésame, así como también anotar en lista negra a las olvidadizas o indolentes. A esta última algún día les llegaría su hora y entonces de aquí pa’ allá, ni un papelito sucio se enviaría: “en la bajadita te espero”, decía mi abuela, mujer cumplidora de sus deberes y exigente de los mismos.

No es que por nostalgia vaya a renegar de la llegada de internet; como inmigrante, soy una de las que más ha disfrutado de las ventajas y beneficios de comunicarme fácilmente, aún a 10.000 kilómetros de distancia, sin límite al escribir o al hablar y, hasta me atrevería a afirmar, que ha sido uno de los inventos más útiles del último siglo. ¿Qué sería de mi vida sin WhatsApp?

Pero con todos los sensibles fallecimientos de mi tierra, por cuenta de esta desastrosa pandemia, he extrañado muchas de nuestras tradiciones ancestrales a la hora de enfrentar la muerte y creo que estos rituales: el abrazo, los requiebros, el velorio, nos ayudaban a exorcizar el dolor… era nuestra especial terapia de superar el trancazo o como lo leí en un muro de Facebook de una amiga a propósito de su luto, el “cortocircuito” que se produce al corazón, cuando hay una pérdida.

Me imaginé caminando derecho, por los andenes asimétricos de mi barrio, sin tener que cruzar la acera, pasando por la Alcaldía Municipal, con el ojo largo viendo si había algún amiguito retozando en el parque, subiendo el bordillo del almacén de tela de Guillermo y saludando con picardía de muchachita sabihonda a mi pariente y tal vez, quitándole cualquier moneda de los menudos tintineantes dentro de su pantalón de terlenca, hasta llegar al gran edificio de la segunda con quinta, donde están ahora las oficinas de la Dian y que en antaño era la sede de Telecom.

Ahí trabajaba mi vecina ‘Toyita’ Cuán, q.e.p.d. y gracias a ella, yo conocí de cabo a rabo ese lugar y hasta jugaba a imitarla en su trabajo: “Medellín, cabina 4”, repetía.

Ahora viendo en la televisión una serie de Netflix llamada ‘Las chicas del cable’, evoco con nostalgia mis andanzas por Telecom.

De seguro tendría poco dinero y buscaría y rebuscaría con cuidado las palabras, porque se pagaba por cada una que se escribía y avispada como era, desearía decir tanto, pagando poco.

A mis paisanos, especialmente a los familiares de las víctimas del Covid-19, dado que solo me alcanzarían los $120 para escribir un corto, sentido y sincero mensaje de 6 palabras, a $20 cada una, les escribiría lo siguiente:…