Los problemas vitales de Riohacha

Cada vez es más difícil ver o proyectar el futuro de la capital. El experimento de votar por un novato (corrupto disfrazado de alternativo), de discurso candente y demagogo, nos ha llevado al borde del abismo; y luego, elegir atípicamente a un alcalde sin la más remota idea de la administración pública nos ha lanzado a un vacío casi sin esperanza.

Las problemáticas del empleo, espacio público, servicios públicos especialmente el agua, la recolección de basuras, el transporte público, el hambre, la mendicidad, la inseguridad galopante; todas ellas ligadas a una administración ensimismada que no entiende, ni intenta entender, ni mucho menos sabe cómo resolver cada uno de esas barreras al progreso y la competitividad. Lo más lamentable de todo esto es que mientras todo se derrumba, la administración que fue repartida a pedazos a cada uno de los grupos buitres que respaldaron su llegada al poder; hace repartija del erario a toda velocidad antes de la llegada de la ley de garantías.

Todos estos problemas vitales están interrelacionados y si como colectivo no damos para resolverlos, actúan como el germen de la destrucción de la sociedad misma. La crisis de Riohacha no permite que los riohacheros, quienes en su mayoría están sumidos en la más profunda decepción, la defiendan ante la arremetida de foráneos cazadores de los recursos y las potencialidades. Quienes nos tratan como cuando Melquiades, el gitano, llevó dos lingotes imantados al Macondo y los presentó como la octava maravilla de los sabios alquimistas.

La más grande de las catástrofes de Riohacha es la económica. La ciudad consume mucho menos bienes y servicios que los pocos que produce, siendo al mismo tiempo la segunda más pobre del país, la segunda más excluyente, la más barata, la de mayor desempleo, con mayor informalidad y mendicidad. El éxodo venezolano terminó de noquear las cifras. Casi sin excepción todos los oficios y algunas profesiones están cubiertas por ellos a menor salario. Quienes consumen muy poco, duermen en cualquier sitio y el grueso de sus ingresos los envía en transferencia al vecino país. En Riohacha queda muy poco circulante.

En lo relacionado con el orden, seguridad y convivencia del Distrito, se ha materializado un caos y anarquismo por cuenta de la pérdida de límites del respeto en lo social y legal. Se percibe una inseguridad absoluta. Las autoridades civiles y policiales son incapaces de garantizarles a los ciudadanos una ciudad segura, limpia y previsible. Las viejas costumbres de la Riohacha de puertas abiertas se fueron para siempre. Los comunes homicidios y raponeos con armas de fuego, dieron paso a los con arma blanca, que aterran al riohachero promedio. 

Ha habido una pérdida de la identidad. La gran mayoría de las personas que hoy viven en la capital no conocen su historia y sus tradiciones, no se ha garantizado el paso de esos principios y valores de una generación a otra y nuestros dirigentes son tan anodinos que nunca se han planteado un modelo de integración para el diálogo social en busca de articulación para una visión compartida de ciudad. Desde hace más de cuarenta años estamos recibiendo oleadas migratorias y nunca se ha hecho ningún tipo de concertación intercultural.

La crisis más profunda que tenemos es de capital humano. Basta echar una simple mirada a los líderes de las instituciones  y a los gabinetes para identificar ese vacío de honestidad, conocimiento y liderazgo. Es urgente que los diferentes sectores sociales se unan en torno a algún tipo de contrato social, para exigirle a los gobernantes presentes y futuros una forma nueva de administrar la coexistencia y convivencia pacífica de los diferentes grupos sociales. La idea es la construcción colectiva de una visión de futuro.