Maicao, la orfandad de la historia

Si de algo han padecido nuestros pueblos, es de la falta de sistematización y escritura juiciosa de su historia. Academias  sin mucha producción, municipios sin monografías que sirvan, al menos, como punto de partida para estudios de mayor profundidad. La falta de literatura histórica, se ve reemplazada por una memoria oral muy dinámica, pero no exenta de los riesgos de falta de rigor y el resguardo que le confiere la cultura letrada para su divulgación, orden y  preservación.

Es precisamente, por esta gran ausencia de historiadores  que, se puede dimensionar lo que para Maicao significa la pérdida, en tan solo unos meses, de los tres más altos referentes para el oficio autodidacta de la historia. El año anterior, perdimos al abogado y político Manuel Palacio Tiller, pionero entre los aficionados a la historia de ‘El maizal’, como traduce la voz “Maiko`u”. Este año,  se produjo el deceso del periodista Luis Guillermo Burgos, entregado por muchos años a recopilar los hitos del devenir histórico de este pueblo. Semanas después, el tercer golpe a la historia local, se presenta con la nunca suficientemente llorada partida, del riohachero y padillista más maicaero, el profe de todos, el autor del himno a Maicao, brillante y decorosa  memoria de nuestros legados: Ramiro Choles Andrade. Que, un territorio donde el oficio de recoger la historia es tan inusitado, perder en tan poco tiempo tres historiadores, es una verdadera desgracia y una pérdida irreparable para reconstruir el pasado.

En Maicao, por muchos años, no existía el interés de acopiar registros y datos de la historia local, bajo la excusa, quizás, que era un pueblo aún muy joven. Es cuando en los años 80, aparece Manuel Palacio Tiller como pionero, con publicaciones, archivos y registros que dieron cuenta del poblamiento de la ciudad. Ramiro Choles, como parte de esa migración riohachera que pobló el centro de Maicao, comenzó a documentar ese proceso de urbanización e historia social y cultural del municipio. A finales de los años 80, llega a Maicao, Luis Burgos, y va relegando el oficio periodístico para recabar evidencias y registros visuales para trazar momentos claves de la manera cómo la estancia de reposo de viajeros, se fue convirtiendo en el segundo municipio del departamento. Los tres fueron claves para que se creara, en el 2002, la Academia de historia de Maicao.

Cada uno de los tres tenía su tesis sobre el punto de partida de Maicao como centro poblado. Manuel Palacios, defendía con su acostumbrada vehemencia que, su abuelo, Manuel Salvador Palacio López, quien vino de Tucuracas en 1925,  fue el primer arijuna que pobló a Maicao, en la actual parte céntrica. Choles le apostaba a la conveniencia de la muy aceptada teoría que Maicao fue fundado por los gendarmes de rentas riohacheros encabezados por Rodolfo Morales en 1927. Burgos, era de la postura que, mucho antes de la llegada de Palacio López y de Rodolfo Morales, ya Maicao era un poblado con presencia de la institucionalidad, es decir, que es un pueblo mucho más viejo de lo que se cree, poblado hacia finales del siglo XIX.

También cada uno de los tres, tenía su estilo para divulgar sus hallazgos. Palacios era muy dado al género del ensayo y al artículo, sin el rigor técnico, pero con mucho esmero en las pruebas y en la escritura. Ramiro Choles era más propenso a ese fluir de la memoria en tertulias, donde sus acompañantes encontraban lo lúdico que es sentarse a degustar viejas calendas, aunque también dejó muchos escritos inéditos. Burgos, era un poco más celoso con sus hallazgos, menos riguroso en la sistematización, pues prefería escribir micronotas sobre la historia local. Hay que reconocerle que, de los tres, fue el que más publicaciones hizo.

¿Quedó la historia local en orfandad? Es la pregunta que nos invade de incertidumbre, solo queda el reto y una senda abierta para que sus discípulos como Alejandro Rutto, Daniel Serrano, académicos como Miguel Ortega, autor de una muy sustentada obra sobre el poblamiento de Maicao, retomen esos legados y se pongan a la vanguardia, pues las generaciones venideras, sí que van a sentir ese vacío de vivir en un pueblo con historia y sin historiadores.