Mi cuerpo es mío

Armada de una admirable valentía sin límites, recientemente la periodista Vicky Dávila relató a través de su columna en la Revista Semana, como fue víctima de abuso sexual a la edad de cinco años, por parte de un hermano de su papá, quien estando en casa de su abuela, despojó de su inocencia a aquella frágil niña al parecer de forma repetitiva, quien hoy con voz de mujer fuerte y bravía, rompió un largo y doloroso silencio lanzando un enérgico llamado al gobierno y a la opinión pública a abrir el debate respecto de la necesidad de establecer ejemplarizantes penas para quienes cometan este tipo de oprobiosos actos.

Diversos estudios han determinado que en Colombia, la violencia sexual comienza por casa, y justamente, así se titula un reportaje publicado en octubre de 2018 por El Espectador, a propósito de la primera conversación social iniciada en el país sobre violencia y desigualdad de género en la infancia identificada con el hashtag #HablemosdelasNiñas. Es así como, teniendo en cuenta la periodicidad recurrente de este tipo de reprochables comportamientos ejecutados por padres y familiares cercanos a las víctimas, y la gravedad de la situación nacional, se hace cada vez más necesaria, la creación de un sistema que permita reforzar rutas de atención, portales de información, atención psicosocial, y por supuesto, una certera estrategia de concientización respecto de la necesidad de denunciar para que las autoridades actúen y que el silencio no siga siendo cómplice de los cada vez más crecientes casos.

La prohibición del incesto libera a las sociedades patriarcales más antiguas de la bizarra concepción de creer, que la sexualidad de las niñas es una atribución del padre. Y aunque se conocen casos históricos de esta repudiable práctica en los antiguos Roma y Egipto bajo la enferma obsesión de conservar el poder dentro de la misma familia, actualmente es un serio problema catalogado como de salud pública por la OMS, que en caso de no ser tratado, deja nefastas consecuencias mentales, emocionales y físicas en quienes lo han padecido. Las cicatrices del abuso sexual cometido por el padre, familiares cercanos o extraños, pasan inicialmente por ser para la vida de la víctima, supurantes, profundas y dolorosas heridas que afectan la psique, generando problemas de autoestima, depresión e incluso tendencias suicidas.

Resulta irónico, lamentable y da una pésima señal de lo que somos como sociedad, que siendo la familia su núcleo fundamental, debería ser también por antonomasia el primer círculo inquebrantable de protección de los infantes. Se requiere que nuestra sociedad sea mucho más proactiva y consciente del enorme problema al que nos enfrentamos. Que al mismo tiempo, las autoridades se comprometan con políticas y programas que impliquen transformaciones reales en atención, tratamiento y seguimiento a los casos que se presentan, los cuales carecen de distingo de raza, situación económica, o condición social. Por otra parte, se requiere con urgencia la implementación de una pedagogía que involucre, informe y empodere a las niñas y niños respecto de su deber de elevar la voz tanto como sea posible ante cualquier situación que amenace o vulnere su integridad física y sexual. Se han conocido casos en otros países en los que las niñas, actuando al mejor estilo detectivezco pese a su corta edad, han aportado pruebas contundentes e irrefutables de la culpabilidad de sus enfermos progenitores y familiares victimarios, ante la incredulidad anterior por parte de su familia y de autoridades incapaces de recaudar un acervo probatorio que soportara lo expresado por los menores. Cada niña y niño, en Colombia y en el mundo posee el derecho inalienable de sentir y decir, mi cuerpo es mio, y este es un imperativo categórico.