Mi pueblo ha dejado de creer en lo nuestro

Me preocupa, sobremanera, que ya mi pueblo haya dejado de creer en lo nuestro. Hay mucha polarización, indolencia y muchos se quedaron en las pasiones y odios.

Hoy cuando todo el mundo viene doblando sus rodillas en oración, clamándole a Dios para que cese esta pandemia tan cruel que se está llevando a muchos de nuestros mejores ciudadanos, otros siguen apuntándole a la división para reinar. Hoy cuando hay un llamamiento a la unidad, a deponer odios y rencores, y a sentarse en la misma mesa sin tirar del mantel para no manchar a nadie, hay quienes se quedaron en el pasado y en el viejo orden que imperaba. Muchos esperan el milagro del cambio, pero no abren sus mentes ni sus corazones a las nuevas exigencias mundiales.

Hoy que hay que quitarse los guantes y las circunstancias nos obliga a vivir como hermanos, compartiendo el mismo suelo y el mismo pedacito de cielo, y hasta bebiendo de la misma fuente de agua de nuestros abuelos, hay quienes se resisten. No hay que entregar las banderas ideológicas ni deponer la lucha por una causa social, pero si hay que respetar la dignidad humana de las demás personas. Entender que somos diferentes, pensamos diferentes y obramos diferentes y cada quien mira la sociedad y el desarrollo desde una perspectiva distinta.

Por eso, tenemos que aprender a vivir en las diferencias con tolerancia y respeto. Respeto por las dignidades de las personas, por las instituciones y las autoridades legalmente constituidas. Esta pandemia puede empobrecernos, puede reducirnos económicamente y hasta puede envilecernos a todos. Lo que no puede lograr es acabar con nuestros sueños, fe y esperanza. Tenemos que seguir soñando, tenemos que seguir creyendo en nuestros hombres y los propósitos altruistas, tenemos que seguirle poniendo alas a nuestros sueños para que vuelen y surquen el firmamento de la vida y sus aventuras, hasta que regresen con ideas llenas de alegrías y optimismo que se puedan materializar.

Estamos recibiendo una lección de vida. Nos han encerrado como los rebaños de oveja, pero no para sacrificarnos, sino para que reflexionemos y hagamos un pare en nuestra vana manera de vivir. Pero seguimos como perros bravos cuando lo puyan, ladrando y ladrándole al que cabalga y tirándole piedras a la luna y al sol. Hablando de paz y promoviendo la guerra y la rencilla. Hablando de progreso y poniéndole un palo en la rueda al desarrollo. Nos sigue faltando coherencia en lo que predicamos y lo que decimos. Nuestra sociedad sigue necesitando de sus mejores hombres, hijos y ciudadanos, y hay que prepararse para cuando esa oportunidad llegue. Recordemos, que no es en nuestro tiempo sino en el tiempo de Dios cuando junto con las auroras se derraman nuestras bendiciones. Unos van primero y otros van después. No hay camas ni butacas para tanta gente al tiempo.

No nos desesperemos que cada quien tiene su cuarto de hora para destacarse y mostrar la dimensión de su talento. Mientras esto ocurre, sigamos en comunión unos con otros, viviendo como amigos y hermanos, en familia, del mismo territorio y la misma sociedad. Juntemos nuestras manos, pongamos nuestros hombros, empujemos para el mismo lado, hagamos causa común, necesitamos apostarle a la excelencia. Por Colombia nuestro país, por La Guajira nuestro departamento, vamos a quitarnos el estigma en que nos tiene la nación y apostémosle a hacer historia patria.

Nuestro pueblo necesita edificar a las nuevas generaciones, debemos aprender a asociarnos, unos con otros, sin reparos, ni envidia, ni prevenciones. Vamos a volver a creer en lo nuestro y en los nuestros. Recordemos el viejo adagio, que decía, que a lo tuyo, tú, con la razón o sin ella. Llegó la hora de no mirarnos como rivales, ni como contrarios, ni como contrincantes. Aquí no hay un tinglado ni un referee, sino una sociedad ávida de desarrollo y de una mejor calidad de vida y un mejor índice de desarrollo humano.

No nos dejemos enfrentar no más porque sí. Busquemos lo esencial y apartémonos de las apariencias. Recordemos, que la sal también parece azúcar. Es mejor ser útil que creerse importante. En la vida si no hemos servido es como si hubiéramos vivido en vano y hay unas páginas en blanco que esperan que escribamos historia para nuestra tierra. Con lo mejor de nuestras edades y nuestro tiempo, carguemos los ladrillos, vamos a edificar nuestra sociedad entre todos.