Mi San Juan de ayer, el San Juan de mi infancia

la calle donde un día nací. El ganado moruno también vi desfilar de norte a sur, dejando la trilla de su paso, haciendo un arrebol en la tarde gris, cuando iba rumbo al lecho del río Cesar a beber de sus aguas cristalinas.

Eran las aceras con calles de piedras y casas de barro, con techos de paja o tejas de cemento y unos extensos calíchales en las intercesiones, que se pegaban como chicles en los pies cuando llovía. Así era mi San Juan de ayer, ese San Juan de mi infancia, que dormía con las puertas entreabiertas y dejaba disfrutar del mugir del ganado y el canto de las aves silvestres. Las casas se construían haciendo chaguas familiares, donde maestros de obra y albañiles concurrían como invitados para pasar el domingo mamando gallo y trabajando gratuitamente, por algún grado de consideración con los destechados. Los niños jugaban con carritos de cardón, apretando sus labios entre sí y jugando con la saliva para imitar el ruido del automotor. Se montaba en caballitos de palo o se usaba la tapa de los peroles de la casa, para demostrar la destreza en el volante al hacer los mandaos del hogar. Se jugaba a las riñas de grillos y a los gallitos de flor de acacio, como antesala de  los picos y las espuelas de las riñas de gallos de hoy.

Los niños se desparasitaban con brebajes de paico y se le calmaban los sustos y los miedos con tomas de toronjil y hojas de toronjas. Era la década del 60 hasta el 70, y alcanzando medio lustro más. Se escuchaba por la callecita el ruido del motor del camión de Foco, Juan Manuel Gámez y Federico Mendoza. Igualmente, el acordeón de Víctor Mosquita, Juancho Argote y Heriberto Bermúdez. El fluido eléctrico en el pueblo era muy intermitente, a veces se quedaba oscuro y bañado solamente por los rayos de luna. Así se jugaba con bolas de trapo encendidas con candela, que servían de diversión para jugar al fútbol y amenizar una buena velada. Otras veces, se iluminaba la calle prendiéndole fuego a las llantas desechadas de los vehículos, para producir una inmensa llamarada que reemplazaba el fluido eléctrico.

Cuando el río se crecía, bajaban sus aguas corriendo desde la nevada con su color de panela y arrasando todo a su paso con un gemido terrible. El pueblo iba curiosamente a observar sus crecientes y a ver de cerca su bravura ubicándose en una de sus orillas. Se comía mucho las frutas silvestres, mango biche, mamón, iguaraya y pichiguey, eran de las más preferidas. Se montaba a burro y a caballo y también en las fiestas se puso de moda las carreras de los mismos y de niños metidos en los sacos. La gallina ciega, el chusaleco, la gueva, cuatro, ocho y doce, y la peregrina, fueron otros juegos de moda. Era muy común que las madres no gustaran de los novios o pretendientes de sus hijas y le hacían la vida imposible y estos tenían que verse a escondidas, o volarse finalmente, hasta casarse para formar su hogar y tener sus hijos.

Era la época de la Pachanga y las verbenas con Alfredo Gutiérrez y Aníbal Velázquez, los ídolos de la época. Se hacían las fiestas de disfraces con capuchones en carnavales y muchas veces, las parejas bailaban sin conocerse. Fredy Molina con sus canciones, el indio desventurado, los novios y los tiempos de las cometas, era el compositor de moda. Se rendía culto a la amistad como a la familia. Predominaban los nombres bíblicos en las personas, como una herencia del padre Manuel Antonio Dávila. El tejido urbano solo contaba con diez calles y diez carreras, y la virgencita y el kiosquito eran los únicos íconos del pueblo.