Morgue

Esta palabra de etimología francesa que tiene un largo camino de significación y de resignificación ha tenido que ver en su evolución con la arrogancia y la severidad, con la exposición pública de los detenidos como escarnio y finalmente, su acepción en español, como lugar donde se depositan cadáveres.

Hace muchos años cuando los cuerpos arrojados por los varios periodos de violencia asociados a las bonanzas aciagas aparecían a la vera de los caminos, eran recogidos por la Policía y dejados en el cementerio a la espera de reconocimiento. Mientras esto acontecía, los curiosos se acercaban con esa postura del cuerpo que quiere ver sin tocar y satisfacían su morbo. Otras veces, como escarmiento la Policía obligaba a los muchachos curiosos que interrumpían el partido de fútbol en el parque del frente para fisgonear los orificios de bala o los retazos de machete, a que se echaran encima los cuerpos y los bajaran de sus camionetas.

Este juego de la barbarie se trastocó cuando inauguraron el depósito de cadáveres en el cementerio con su rudimentario laboratorio de necropsias, allí la muerte siguió siendo rondada por los vivos, en esa lógica invertida de la curiosidad en la que la fatalidad del otro alimenta la sevicia del que observa.

Todo esto para tratar la dignidad póstuma inherente al principio kantiano de la dignidad humana que la especie ha consagrado en sendos manifiestos de derechos humanos como ganancia histórica de las sociedades sobre su pasado de barbarie. Por eso no puede naturalizarse como trivial e intrascendente que las ratas hagan festín de un difunto en la ruta de manejo y disposición final de cadáveres que debe tener todo centro asistencial.

Es inexcusable, no se admite la elusión de responsabilidades. Aberrante e indigno que entre el Hospital y Medicina Legal no exista comunión de interés y apropiación por el trato digno, por una ruta sanitaria que preserve la vida y dignifique la muerte.

El culto a la muerte legado por el tridente de nuestras atávicas tradiciones observa con detalle cómo son tratados los muertos. La tanatoestética aquí es un asunto de siempre y de primera línea. La apariencia del difunto debe satisfacer el rito social de la despedida, del homenaje final; por ello los ataúdes tienen ventanas, los funerales cifran altares y el pésame es una cortesía que incluye el retrato en la mente de la apariencia última del ser que se nos va.

El anfiteatro en el coloquio local y en el argot funerario ha sido bautizado como “el cuarto del olvido”, ubicado en la envejecida edificación del hospital regional, presenta por dentro y por fuera una apariencia tenebrosa de dejadez y abandono. El peso de la culpa institucional lo ha puesto en la cresta de la opinión general, pueda ser que sus acuciosos “Pilatos” en vez de procrastinar con arrogancia no esperen que venga el presidente para darle tratamiento, por lo menos, de fachada.

Los muertos que se cuentan como racimos por el paso de la pandemia padecen la cancelación ritual por el protocolo sanitario que impone su sepultura inmediata, elimina el velatorio con cuerpo presente y restringe el homenaje final, ellos determinados por el miedo y sus prisas, se salvan por qué no irán al cuarto del olvido, a ese que llaman Morgue.