Opa mi gente… solo la parca lo pudo silenciar

“…Si hay otra vida en el cielo, allá nos encontraremos, no nos queda más, seguramente cerquita quedaremos, creo que San Pedro a los buenos pone juntos allá”.

Cuando me enteré de la terrible noticia, que la radio se acababa de quedar sin palabrero, vino a mi mente la canción titulada ‘Yo tenía un amigo’ de la autoría de ‘Rafa’ Manjarrez, que Villazón y el ‘Chiche’ Martínez incluyeron en 1987 en el álbum titulado ‘Los virtuosos’, a la cual corresponde el aparte transcrito preliminarmente, en la que dice entre otras cosas también, “Yo tenía un amigo, un gran amigo, como un hermano, y el que aprecia un amigo es puro y digno, sincero y sano, y un mal día se marchó, dejando solos sus compañeros, mil recuerdos dejó, y una familia sin consuelo”.

Evidentemente, dejando un gran dolor ciudadano y familiar, cuando todos lo esperábamos pronto y recuperado, en la plenitud de su producción intelectual y con muchas banderas altruistas en la orfandad, se ha marchado para siempre el líder de opinión Enrique Herrera Barros, el hombre que desde el micrófono formaba e informaba a la opinión, y sin faltar al respeto,  repartía látigo a los indecorosos abusadores de la cosa pública, partió a su encuentro con Dios, teniendo mucho aún que enseñar y que decir en la defensa de la moralidad administrativa y del patrimonio público como derechos colectivos irrenunciables.

Me duele que se haya ido sin vísperas y sin la merecida despedida, porque era un hombre bueno, honesto y de fe y verdad, cuyos afectos heredé de mi padre, y por eso a pesar de la diferencia generacional, logramos cultivar una gran amistad que lo hizo merecedor de la potestad, para aconsejarme y también para consultarme cuando fue necesario, no pasaban dos días en su programa, que era una manta de sintonía en las mañanas, sin que me preguntara al aire sobre alguna cosa coloquial, o campechana, ¿Ve ‘Nene’ Acosta y qué dices tú de esta vaina ve?, ahí estaba pintado su talante, de los talones a su mollera, nuestra cálida relación intergeneracional, me permitió gozar de sus afectos, y su presencia entre los míos fue permanente y sostenida, fue el motivo para que el día de mi posesión como Contralor Provincial, para agradar a  mi padre que me cuida desde el cielo,  fungió como testigo en mi juramento de cumplir al pie de  la letra la Constitución y la Ley.

Tienen sus hijos una gran responsabilidad, mantener incólume el legado de su padre, e Ismael Fernández y Demis, la delicada tarea de escoger muy bien el programa y su director para esa franja de opinión que hoy está preguntando cómo en el famoso programa de entretenimiento Mejicano, ¿y ahora quién podrá defendernos?, no es fácil sustituirlo, pero reemplazarlo es imposible, tenía un estilo personal irrepetible, una personalidad a prueba de agravios, y una integridad moral que le permitía pisar los tizones de cualquier socola porque rabo de paja nunca tuvo, tuvo suficientes motivos el altísimo para haberlo recibido con beneplácito en su santo reino, seguramente, ya se hizo escuchar, y si el todo poderoso lo dejó hablar, ya sabe que fue un hombre que vino, hizo el bien, defendió a la gente de a pie, e hizo respetar lo público, nos puso a todos el ejemplo y se fue, solo la parca, lo pudo silenciar aquí, allá no lo callará nadie.

Sus programas de radio deberían compilarse y publicarse para regalarle a los guajiros una cátedra intensiva de sentido de pertenencia, unas lecciones de buenas costumbres, un doctorado en valores éticos, como punto de partida para hacer posible la realización de todos los planes y proyectos con los que él soñaba y por los cuales luchó para convertir a su tierra en suelo fértil para las grandes inversiones y las grandes soluciones sociales.

Se nos fue un hombre que no dudó en afirmar que le quedó grande a nuestros tiempos, cuando se valora más el poder económico sin importar su procedencia, que la inteligencia de las personas.

Pido a Dios fortaleza para Rosa, su viuda, y sus tres vástagos, Astrid, Leonor y William, y para sus miles de oyentes el bálsamo del consuelo.

¡Paz en su tumba!