“Padre, quítese la sotana y enganche la Mini Uzi de frente”

En días pasados vía grupo WhatsApp, recibí tan belicosas palabras, a lo que respondí:

“Vea respete señor, hágale honor a sus canas y respete un poco por favor. Le recuerdo que defender la justicia no me hace un criminal, ni a usted estar en desacuerdo conmigo lo hace un paramilitar o a mí un guerrillero. Usted me pide que deje “la sotana y enganche de frente con la Mini Uzi”, arma que lleva el nombre del militar israelí Gal Uziel “Uzi” (+2002), aún en contra de su voluntad. Solo quiero decirle que no haré lo que usted me pide. Porque la única arma que disparo es la del amor a Dios y al prójimo. Y ésta no engendra muertes, sino que genera vidas, sí, vidas llenas de paz y felicidad. Para que usted sepa también he sido golpeado por la violencia absurda de Colombia, a mi abuelo de crianza lo desaparecieron los paramilitares y a un primo la guerrilla. Sin embargo, nunca he guardado odio o resentimiento en mi corazón ni he visto en la violencia una salida al conflicto. Porque la gente acude a la violencia, cuando se le agotan los argumentos racionales.

Por el contrario, creo que a través del diálogo podemos tramitar nuestras diferencias y resolver nuestros problemas. No basta rogar a Dios tenga piedad de Colombia, si no estamos dispuestos a un cambio de rumbo hacia la Paz y Reconciliación. Y es que, con todas las críticas posibles, prefiero un proceso de paz imperfecto, que una perfecta guerra e irónicamente muchos critican al Gobierno saliente, aunque les cueste reconocer que ha sido el período más tranquilo en años de esta guerra fratricida. Qué bueno sería recordar permanentemente las palabras de Jesús: “Bienaventurados (Felices) los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5, 9)”.

Comparto este suceso, porque más allá de ser un debate entre dos personas con pensamientos diferentes, se trata de un acto simbólico sobre la realidad tan polarizada que hoy vive nuestra sociedad, en la que estamos tan prevenidos con los pensamientos, palabras y acciones de los otros, que así estén mostrando una verdad, muchas veces nos resistimos a reconocerla e incluso terminamos por estigmatizarlos. A mi modo de ver, esto es gravísimo, una sociedad que no sabe aceptar y reconocer al otro, lo termina aniquilando o destruyendo. ¡Basta ya de vivir predispuestos con los demás, aprendamos a escuchar más y a hablar menos! Dar la razón al otro cuando la tiene, no me hace perdedor, sino ganador, porque salgo de un engaño.

Ojalá aprendamos a valorar al otro en cuanto otro distinto a nosotros, esa es una gran clave existencial. Así sabremos también que la vida no es una competencia, sino una cooperación mutua, porque vivir es esencialmente convivir. ¿Qué sería de mí “Yo” sin un “Tú”? ¿Cómo nacería un “Nosotros” sin la unión de un “Yo” y un “Tú”? ¿Qué dirían “Ellos” si no hay un “Ustedes”? Todos nos necesitamos, no se trata de ser más o mejor que los demás, sino aceptar que somos diferentes y necesarios los unos para los otros. ¿Qué será de un docente sin estudiantes? ¿De un escritor sin lectores?, etc. La vida no sólo es racionalidad, sino también relacionalidad, somos seres en permanente relación con los demás, con nosotros mismos, la naturaleza y con Dios. Finalmente, debo decir que de mi obispo Oscar José Vélez Isaza aprendí: “La uniformidad, empobrece. Mientras que la diversidad, enriquece”. Esto es lo que descubrimos en Dios, Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios en Uno en la Diversidad de personas. Así también nos ha creado, únicos e irrepetibles, somos todos iguales en dignidad y diferentes en singularidad.

¡Usted señor, no es mi enemigo y yo menos soy el suyo! Mejor, tomémonos un tinto y sigamos siendo amigos…