Para Cartagena con amor

Mi papá también escribía. Siempre leía ilusionada las románticas dedicatorias en los libros que le regalaba a mi mamá y admiraba en silencio su increíble agilidad para llenar los crucigramas del periódico El Heraldo diariamente, armado de su infaltable bolígrafo marca Parker el cual años después me regalaría marcado con mi nombre.

Hace un par de años, habiendo transcurrido dos décadas de su muerte, cuando, organizaba el clóset que compartía con mi mamá, hallé los viejos recortes amarillentos de periódico que datan del año de 1963, los cuales habían sido publicados en El Universal de Cartagena. Cicerón Cabarcas Puello había estudiado Odontología en la Universidad de Cartagena, y era un confeso enamorado de esa hermosa y emblemática ciudad turística del Caribe colombiano.

Allí nació mi papá. En medio de una familia en la que le correspondió ser el menor de once hermanos, quedando huérfano de madre, mi abuela María Mercedes Puello, siendo apenas un niño. Fue criado por un padre recio, mi abuelo Juan Cabarcas, ebanista de oficio, sin mayores lujos o comodidades, miembro de una extensa familia en la que si recibió con gran determinación, el ejemplo de amor por el trabajo, la inquietud por ser profesional, los valores y principios inquebrantables que lo acompañaron hasta el momento de su partida a la eternidad como la ética, la honestidad, el respeto, los buenos modales y una generosidad sin medida. Probablemente eso y el inmenso amor que sentía por mí, lo motivaron a proporcionarme siempre, espacios de bienestar, felicidad y plenitud durante mi infancia, y una educación de calidad tanto en el hogar como en los espacios académicos en los que me formé, gracias al arduo trabajo de él y de mi mamá. Los viajes a Cartagena hacen parte del tesoro de recuerdos que conservo en la memoria de mi corazón. Nuestros recorridos por las murallas, por Bocagrande, las cenas en los restaurantes, los baños de mar muy temprano, el Castillo de San Felipe, la subida al Cerro de la Popa, los paseos familiares a las Islas del Rosario en yate, la visita a mis tías en Turbaco, las invitaciones de mis tíos y primos, las largas sesiones fotográficas en todos los lugares posibles, mientras él con su paciencia y mansedumbre, siempre complacía todos mis caprichos de hija única, depositaria de todo su amor de padre entregado, cómplice y pechichador.

Tal vez por las fiestas novembrinas en el marco de las cuales se celebra incluso, el Reinado Nacional de la Belleza, lo he recordado más que siempre y también, me he decidido a rendirle un homenaje a sus letras. Con todo el amor y el respeto por su memoria, y en honor a su vida de bohemio, de melómano, de fan de Daniel Santos, de Celia Cruz, de los Panchos, de los Visconti, de la Banda de Pedro Laza y sus Pelayeros, de académico comprometido con su incesante formación profesional, de familiar cercano, solidario y bondadoso, de amigo entrañable de sus amigos, de funcionario público intachable, de profesional íntegro de la odontología inquieto por la salud pública, de esposo amoroso y dedicado a su hogar, y de padre ejemplar, a quien le debo mi amor por el conocimiento y mi motivación permanente a educarme, a incidir con amor en mi entorno y a ser agente de transformación de la realidad que nos rodea.

A lo largo de este mes, les compartiré a través de Diario del Norte, las columnas dedicadas a su amada Cartagena, la ciudad que lo vio nacer y de la cual se alejó físicamente cuando encontró el amor de su vida y conformó un hogar, pero de la que nunca se apartó sentimentalmente, pues siempre halló la forma de homenajearla en la distancia con su ser Caribe, creando momentos familiares inolvidables en torno a ese lugar de ensueño y conviviendo con la melancolía de extrañar, el calor del lugar que lo vio nacer y al cual no regresaría jamás pues en el cementerio central de Riohacha, reposan desde diciembre de 1997 sus restos mortales, mientras mi mamá y yo lo amamos y extrañamos cada día.