Podemos reinventarnos

Hoy las fuerzas del mercado están dando nueva forma a la vida laboral adjudicando un valor sin precedentes a la inteligencia emocional.

Así las cosas, frente a las emociones como sorpresa, asco, miedo, alegría, tristeza, ira o el amor, debemos tener habilidades tales como ser capaces de motivarnos y persistir ante o frente a ellas oante las decepciones. Controlar o frenar el impulso, regular el mal humor que disminuye la capacidad de pensar, interpretar los sentimientos del otro, mostrar empatía y manejar las relaciones de forma fluida; se conoce como inteligencia emocional.

Aristóteles la definía como: “Rara habilidad de ponerse furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto y de la forma correcta”.

Su importancia gira en torno a la relación que existe entre sentimientos, carácter, instintos, temperamento, ego y posturas éticas.

Lo más dramático y primera medida a vencer al adquirir inteligencia emocional es el impulso. Este radica en que como instrumento de la emoción es un sentimiento que estalla para expresarse en acción. Se resume en que la capacidad de controlar el impulso es la base de la voluntad y el carácter.

Por otra parte, no se puede dejar de lado la herencia genética que nos dota de una serie de rasgos emocionales que determinan nuestro temperamento: como cuando somos neurasténicos heredado de uno de los abuelos. Por lo tanto, en la casa por todo gritamos o herimos, por todo maltratamos, por lo mínimo pegamos, somos unos ogros ambulantes.

Nunca podremos desconocer que en la raza humana los sentimientos mas profundos, nuestras pasiones y anhelos; son guías esenciales que han ejercido un gran poder sobre nuestra especie. A ellos debemos en parte nuestra existencia dado a que han estado y se repiten una y otra vez a lo largo de la evolución. El legado emocional de la evolución es  el temor que nos mueve a proteger a nuestra familia del peligro. Las reacciones automáticas han quedado grabadas en nuestro sistema nervioso y marcaron la diferencia entre supervivencia y muerte. Las emociones han sido guías en la evolución.

Pero hemos evolucionado también en la forma cómo reaccionamos. Hoy nuestras respuestas están moldeadas por nuestro juicio racional, pues no lo hacemos como lo hacíamos como cuando estábamos en las cavernas.

Aunque los sociólogos señalan que debe predominar el corazón sobre la cabeza en momentos cruciales, nuestras emociones nos guían cuando se trata de enfrentar momentos difíciles. Por eso cuando se trata de dar forma a nuestras decisiones y a nuestras acciones los sentimientos cuentan tanto como el pensamiento. Por lo anterior, la inteligencia emocional puede no tener ningún valor o la menor importancia cuando nos dominan las emociones o las pasiones.

Así las cosas, podríamos afirmar que tenemos dos mentes: una mente emocional: ser capaz de sentir la tristeza de otro ser humano al verlo llorar. Otra mente racional: por ella somos capaz de entender cuando nos enseñan o leemos un libro. Entonces; tenemos una que siente y otra que piensa. Ambas interactúan para construir nuestra vida mental. 

Pero la gran diferencia radica en cómo reaccionamos ante situaciones de la vida diaria. La mente racional es la forma de comprensión de la que somos típicamente conscientes.

Es reflexiva. Por ella somos capaces de analizar y meditar.

En síntesis, podemos reinventarnos para tener acceso a las fuerzas del mercado. Por eso, si cambias tu mente, si cambias como reaccionas instintivamente, si haces una pausa antes de reaccionar  y herir,  también cambias tu vida. 

Para concluir, mientras reaccionemos, interactuemos, hablemos, conduzcamos libre de emociones, pensamientos o ego, estaremos entrando a las aguas mansas de la inteligencia emocional.