Polarización política, volcán de odios

Por Martín Nicolás Barros Choles

La política es el arte de servir a los demás, pero se mal interpreta en oportunismo personal para adquirir, abarcar y apropiar derechos y bienes de interés general y colectivo para desdibujar el término democrático que caracteriza la política pública popular, opacada con corrupciones y avaricia. Han concebido la política, contraria a sus principios para ejercer funciones, atribuciones y facultades en poderes e instituciones en contratar, ordenar, hacer y deshacer lo que venga en ganas en procura de beneficios particulares.

La polarización política se origina de contradicciones, disputas y colisiones de intereses mezquinos, en la que participan de manera sectaria, radical y desbordada en odios dos o más partes con cúmulos de fanáticos que desatan ofensas, ataques verbales, amenazas y terrorismo. Los pensamientos políticos de los partidos se carcomieron, están a la deriva sin direcciones en las rutas, caminos y metas que transitan sin estabilidad lógica estructural, que garanticen confianza y seguridad. Cada quien, aprovecha la ocasión para recoger cosecha de corrupción que se generan en poderes y mandatos, distribuidas y esparcidas entre participantes de primera, segunda y demás.

La polarización política en Colombia es la razón justificada de las formas y condiciones de un Estado paupérrimo y desastroso, desprotegidos y al acecho de la delincuencia, de cuello blanco, saco y corbata, bandas criminales y demás delincuencia común. Las esperanzas en las tendencias de ideología, izquierda y derecha, son ninguna, como tampoco existe en las orientaciones religiosas cuyas iglesias están politizadas y amarradas con los corruptos que tienen contaminado a sus aliados y seguidores con aportes económicos de dudosas procedencias. De nada sirve elegir gobernantes de una u otra tendencia, por dedicarse más a perseguir y castigar que a gobernar y la oposición, enfrascada en diatribas y denuncias pero sin propuestas alternativas concertables.

Quienes gobiernan toman el poder público como propiedad privada, lo que resulta abusivo, atornillándose para asumirlo como poder único y exclusivo, sosteniéndose con recursos económicos que produce la entidad pública. Lo curioso es que cuando los opositores ganan, es muy poco lo que cambian las expectativas y transformaciones que pregonan y prometen en campañas políticas, precisamente por la recuperación de inversiones electorales y las ganancias que persiguen, con prácticas de corrupción en el periodo de gobierno, tocando repetir mañas, irregularidades e ilícitos que antes cuestionaba al gobierno sustituido. De ahí, que el presidente que elijan, bien sea, entre el que diga el expresidente Álvaro Uribe, en representación de la derecha y el de la izquierda, que puede ser Gustavo Petro o cualquier otro; en polarizado ambiente odioso no es más que pérdida de tiempo, retraso en proyecciones y desarrollo, por estar enfrascados en “dime que yo te diré” frente a unos seguidores fanáticos ciegos, atormentados de pasiones y emociones desatinadas, oscurecidos de reflexiones, ofendiéndose e irrespetándose mutuamente, con calumnia, injurias y epítetos.

A raíz de la detención del senador y presidente, Álvaro Uribe Vélez, han explotados reacciones diversas, por quienes se consideran inmunes e intocables. Del lado contrario, lanzan proliferaciones “memes” caricaturas y chistes sarcástico, alusivo a la contraparte, para sacarlos de casillas y hacerle perder los estribos, por la flexibilidad y debilidad en resistencia y comportamiento sensible, ahogados por soberbia despistada que se transforma en irracional. La expresiones y términos, “mamertos” “Castrochavista” y “paraco” conforman parte del léxico odioso, recurrentes en confrontaciones públicas, de lo que quieren gobernar este país, atizados por fuerzas oscuras, internas y externas que interceden e intervienen con la venia de actores políticos nacionales, buscando apoyo internacional, para enfrentarse desde expresiones y manifestaciones verbales, hasta acciones armadas.

El pueblo en uso de la soberanía, en calidad de constituyente primario, es quien puede decidir, descolgándose de quienes no hacen ni dejan hacer, en disputas de intereses, favorecimiento y beneficios personales. De alinearse a cualquiera de los bandos, que nos tienen atrofiados y frustrados, de por vida, durante gobiernos desde antaño o de aquellos que han tenido oportunidades y han resultado inferiores, a intenciones y propuestas comprometidas, seguimos igual, de mal en peor.

No tenemos novedades que esperar, seguir aguantando las saturaciones y comentarios negativos que alimentan y nutren chismografía y brollos, divulgados y compartidos en medios de comunicaciones y redes sociales. Sin lograr un gran acuerdo nacional de partidos y organizaciones políticas, religiosas, gremiales, social y comunitaria; con participación indiscriminada, incluyente y libre de odios, no se podrá mejorar el ambiente polarizado y caótico que vivimos por causa de partidos políticos que no garantizan credibilidad, transparencia, ni eficiencia, porque están pringados de corrupción. La Constituyente, sin acuerdo previo, es un fracaso o termina en dictadura, como en Venezuela.