¿Por qué la nación aborrece y desprecia a la gente de La Guajira?

¿Por qué la nación colombiana aborrece y desprecia tanto el capital humano de La Guajira? Es la pregunta que más resuena en la cabeza durante la cuarentena del Covid-19. En vano le he venido consultando a mi almohada sobre una respuesta que quizás deba encontrar en los anaqueles de las bibliotecas de antropología o sociología. Esa actitud grotesca y repudiable de reconocidas personalidades de la vida nacional con La Guajira, indigna sobremanera al más pusilánime de los mortales. Todos recordamos que convirtieron en chivos expiatorios a nuestros más recordados gobernantes y los pusieron en el escarnio público, y no solamente los acusaron, sino que los condenaron. Pero no conforme con dejar a la península sin una clase dirigente sólida, sino desprestigiada, desmoralizada y hasta estigmatizada a nivel país, trataron de pintar a nuestro territorio como la meca de una corrupción galopante y sistemática, llegada del contaminante páramo de las papas, producto de un país centralista, donde hasta la corrupción se encuentra centralizada. No logro explicarme por qué ese país centralista nos acusa y nos condena, y para colmo de males, hoy nos mira como el cementerio de sus muertos. 

Que se contagien y se muera esa mala plaga que desafortunadamente nació en mi país, fue la expresión que le entendí a una excanciller colombiana, cuando trinó, diciendo que todos los afectados de coronavirus ingresaran por el aeropuerto militar de La Guajira.

Semejante despropósito lastimó en lo más profundo mi sentimiento patriótico y considero que, manchó el honor del almirante Padilla y el Negro Robles, adalides de nuestra libertad. No entiendo por qué se mira desde esa perspectiva tan humillante a nuestro pueblo, haciéndole daño con eso, no solamente a las presentes, sino a las futuras generaciones, quienes ya sienten el rigor del estigma nacional como una mácula en su currículo.

La nación ha hecho un pacto con el presidente denominado ‘Pacto por Colombia, Pacto por la Equidad’. Donde los líderes de opinión de este país entendieron que somos un solo país, con las particularidades territoriales y poblacionales que tenemos. Esa Colombia multiétnica y pluricultural, biodiversa, exótica, rebelde e indomable. Esa misma que se fue a las selvas a empuñar su rebeldía por más de cincuenta años para tratar de derrotar al capitalismo salvaje, la desigualdad y la exclusión que aún sobrevive en este país. 

Pero resulta que hoy, en pleno siglo XXI, todavía existen esas mentalidades excluyentes y que hacen acepción de personas, porque se creen de alcurnia y abolengo de la rancia aristocracia con derecho a pisotear el honor y buen nombre de los que viven en la periferia. Olvidan que esta Guajira es la ficción y realidades de Gabo. Escenario literario de esa pluma sagrada y sus vivencias, que tantas glorias le han dado al país.

No conocen que por nuestros muelles caribeños vino el acordeón a Colombia, y hoy, le regalamos a la nación la más hermosa expresión musical del folclor colombiano. Desconocen también ese grito ahogado de este desierto, pidiéndole reivindicación a un país, que se lucra de sus riquezas, y a sus hijos solo les devuelve rechazo y deshonor. Quizás sea todo por el remoquete de indios, marimberos o contrabandistas, yo mismo trataba de justificarme, en medio de la sensatez. Pero regresaba la indignación cuando recordaba, que el expresidente Santos, hizo un crédito millonario en dólares con la banca multilateral para emprender la transformación de Colombia con la revolución de la infraestructura y no fue capaz de voltear su mirada para La Guajira. Aquí no asomaron vías de tercera ni cuarta generación, sino las peores del país. 

Luego vi en mi mente, ese panorama de la intervención de los sectores de agua potable, educación y salud que no avanzan en sus indicadores de desempeño. Que les quitaron las competencias a los guajiros para mejorar los sectores y ha sido peor el remedio que la enfermedad. Pero lo más lamentable es que empresas privadas ensanchadas en La Guajira, explotando desde hace años sus cuantiosos recursos naturales, conociendo un diagnóstico claro de la débil capacidad institucional del Departamento y de la red pública para enfrentar la pandemia y la cuarentena del coronavirus, no sean conscientes del riesgo y la vulnerabilidad de la población.

Cómo es posible, que estas empresas, anuncien sumas multimillonarias en ayudas humanitarias para otras regiones, olvidándose de nuestros indígenas, campesinos, niños, niñas y jóvenes que mueren de hambre y sed hasta en condiciones normales.