Protestas y violencia de nunca acabar

La dirigencia política de Colombia se ha habituado únicamente a confrontar intereses, más particulares y personales que colectivos. Dos bandos o sectores políticos, unos denominados de izquierdas y otro de derecha. Se manifiestan unos con protestas, otros gobiernan y reprimen con el uso de las armas.

De esa forma vivimos en una nación agobiada y en permanente sosiego de nunca acabar por acciones terroristas utilizadas por actores y seguidores de referenciadas tendencias políticas, que en nada les interesa ni contribuyen con la paz porque se lucran de conflictos armados y derramamiento de sangre. De ahí, que protagonicen e impulsen, protestas rutinarias, no tan pacífica por infiltración de vándalos, predispuestos a causar daños con actitudes desmedidas y reprimidas, con agresiones violentas, haciendo uso de fuerzas y armas de fuego.

Mientras los mandatarios elegidos popularmente para gobernar sean avalados por tendencias ideo-políticas extremas, no esperemos transformaciones ni los cambios que especulan en campañas políticas. El que gana asume  el periodo de gobierno como una propiedad privada, con disponibilidades, facultades y atribuciones para operar y manejar acciones presupuestales y ejecuciones de obras. El rival perdedor debe sufrir los rigores de la derrota, pero no sumiso ni humillado, más bien sacudirse y potenciarse en veeduría, con alternativas positivas, defendiendo derecho de manera pacífica. Cuando se desatiendan o rechacen peticiones y observaciones, debe recurrirse la protesta pública como derecho democrático, consagrando en la constitución, justificada en vulneración y violación de derechos, sin importar, molestias de quienes mandan y ordenan en administraciones territoriales.

Las protestas y disturbios se originan por desigualdades, discriminaciones, inequidad y privilegios. Quien gobierna es el patrón para gobernados, sin distingo de militancias políticas, no puede gobernar únicamente para exclusividad y beneficios de unos pocos, con el objeto de pagar favores, amarrarlo y utilizarlo, en clientelismo y negocio electoral. Mientras predomine el juego de intereses, fluyentes de armas y corrupción, las protestas resultan propicias no para inconformes sino para el gobierno que las enfrenta de manera agresiva e inhumana. ¿Quiénes son malos y buenos, entre izquierda y derecha? Son iguales. Se diferencian de formas, pero persiguen el mismo fondo. Los caracterizan  autoritarismo, radicalismos, sectarios, terrorismo e inducción al odio, amparándose en armas de fuego.

La democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo, en condición de constituyente primario, que debe respetarse y cumplirse por quienes ejerzan gobiernos y autoridad. La democracia no es para disfrazarlas y transformarla en dictaduras, porque raya con la misma, abusando del derecho popular e implementándola en patrimonio privado, personal, familiar, autocrático y político. Si algo se debe enseñar educando desde la primaria, son cátedras: democracia, historias, corrupción y nociones de derechos.

Oposición no es contradicción ni obstáculo, respetando diferencias ni debe ser motivo para obstruir ni destruir.
La oposición debe velar por la transparencia y la participación indiscriminada. El gobernante debe facilitarles a la oposición medios e informaciones correspondientes a sus actos administrativos y ejecuciones contractuales, para efecto de valoración.