Puertas gigantes

Hace pocos días estuve recorriendo el espacio geográfico de la escritura donde por primera vez supe que existen historias sagradas que nos explica el establecimiento y organización del mundo para la supervivencia de la humanidad, sus conocimientos y sus valores.

En esta visita compartí mi asombro frente a las gigantes puertas del internado, sus pasillos enormes, sus dormitorios extensos donde colgaban centenares de chinchorros de todos los colores, y lo más asombroso para mí, yo que soy un wayuú apalainshi ―wayuú playero; fue ver por primera vez en el mundo a una persona con una tez casi que rosada, una barba abundante que llega hasta a sus pechos, luciendo un vestido blanco como si fuera una manta, era el padre Macelo Grasiozi. Tales fueron los recuerdos que despertaron apenas sentí el olor característico de los arboles de mango. Vi algunos cambios bastante visibles, pero ahí están esas puertas gigantes inmovibles así como mis recuerdos, que están edificados para resistir todas las edades que he de tener en este mundo.

Compartí con los estudiantes mi experiencia con la lectura y luego la escritura. Por medio de los textos podemos encontrar consejos que nos pueden orientar hacia nuestras metas personales, como el caso de la frase del texto de Eclesiastés: “el sabio, aunque pobre, llevará alta la frente y se sentará con la gente importante. No alabes a nadie por su belleza, ni desprecies a nadie por su fealdad. ¡Pequeño animalito es la abeja, pero nada hay tan dulce como la miel que produce! No te burles del que lleva ropa gastada, ni te rías del que pasa días amargos”. No será suficiente adquirir los conocimientos de los conceptos de las materias que vemos en el salón, siempre será productivo si leemos y comprendemos la diversidad de conceptos que podemos encontrar a partir de un diálogo con otras personas y de las literaturas que se pueden encontrar en las bibliotecas. Por medio de las obras literarias que leí durante mi estadía en el internado, volando con mi imaginación, conocí jardines hermosos, rosas, flores, jazmines y de todo tipo de las diversas formas y colores de los jardines. En los hombros de las palabras de consejo de mi profesora de literatura de aquel tiempo, empecé a caminar con la escritura poética.

Empezaría a escribir poemas de amor en las hojas de cuaderno que eran arrancadas y arrugadas que se arrastraban por el patio inmenso del internado, con un pedazo de lápiz sin borrador plasmaba esas palabras que reflejaba el sentimiento de un poeta enamorado. Cuando volví de ese viaje imaginario y volver mi mirada hacia a mí como indígena, como cultura, empezaría cambiar esos poemas de amor y de jardines por la realidad que vivimos nosotros los wayuú, como el caso del siguiente poema: Soy el retoño de la raza más valiente//que nunca fue vencida y jamás se dejaría vencer//soy detestado y aborrecido por el rico civilizado//que es un malvado ladrón//y soy un batallador que soporta con valor//el látigo de su civilización//soy el retoño de esta raza valiente//de grandes caciques guerreros//aquí medito y lucho como mártir gladiador//en mi tierra violada, donde ha florecido el odio y el rencor//aquí batallo por mí existir bajo este ambiente corrupto.

Soy el indio wayuú. Los estudiantes cuando escucharon estos fragmentos de mi experiencia con la escritura, algunos se motivaron y ahí mismo crearon versos y los cantaron, otros escribieron prosas poéticas y las dijeron. Los profesores que fueron mis profesores también se animaron para expresar sus alegrías y sus sabios consejos a los estudiantes. Al escucharlos, a los estudiantes, pensé que hay que volver nuevamente al arte, para que no sigan más con ese vacío que ha creado en ellos lo que se llama tecnología de los Whats App, sólo para nombrar uno.

Müsü tü taküjakat: Así dice lo que cuento.