¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?

Después de una escandalosa semana, que le costó la suspensión por tres meses al recién posesionado gobernador encargado, vienen las reflexiones tratando de entender qué pasa realmente en La Guajira, porque no se logra la tan anhelada gobernabilidad, y por qué gobernador tras gobernador se ven envueltos en escándalos que lamentablemente algunos terminan en cárcel. ¿Sera que es una lección difícil de aprender, que caen por ingenuidad, ignorancia del tema o definitivamente por falta absoluta de ética en el manejo de los recursos públicos?

Son tantas las dudas que quedan en el ambiente y de las que valdría la pena reflexionar antes de elegir al que al menos en teoría, regirá los destinos del golpeado departamento el próximo cuatrienio.

A estas alturas, todos los aspirantes a ocupar el Palacio de la Marina tienen estructurado su programa de gobierno, mismo que deberá traducirse en su plan de desarrollo, que como cita la Ley 152 de 1994 en su artículo 38 “Se adoptarán con el fin de garantizar el uso eficiente de los recursos y el desempeño adecuado de sus funciones”.

Estos documentos que llaman al orden, terminan siendo un adorno más en los anaqueles del despacho de los mandatarios y su funcionario de planeación. Para nada cumplen su función de ser guía y hoja de ruta que permitirá una eficiente y ordenada inversión de los recursos del ente territorial logrando así la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos.

La ley es precisa, detallada y didáctica en los mecanismos para la estructuración de los planes de desarrollo y establece los procedimientos para la elaboración, aprobación, ejecución, seguimiento, evaluación y control de los mismos. Por tanto, es difícil entender que las cosas se hagan al revés, las inversiones se hagan aquí y allá sin un orden lógico y aparecen los milagrosos contratos que pretenden en un plazo de meses acabar con la pobreza que lleva años enquistándose, en el que paradójicamente es uno de los departamentos más ricos de Colombia.

Los hábiles contratistas que generalmente hacen parte de la cofradíapolítica del momento, proponen al mandatario o a sus asesores proyectos generalmente reencauchados, ajustados y acomodados que pueden ser viables, entonces es cuando el plan de desarrollo cobra importancia, acuden a ver en cual programa calza el mentado proyecto y se invierte un recurso que beneficiará a dos o tres, pero que no solucionará ni en parte la problemática del departamento.

Es aquí donde surge la pregunta: ¿Los proyectos deben ir encaminados al cumplimiento de metas del plan de desarrollo o el plan de desarrollo se debe acomodar a la ejecución de mágicos proyectos? y parece que quedará sin respuesta como la famosa: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?