Quintina

Su pesada humanidad era un imperio de sazón y sabores. Creo que sus manos nacieron con el gusto exacto para hacer de cada alimento, un manjar. Ahí, en esa casona humilde, en una esquina de “El guapo”, no solo alimentaba la tripa a un marranito que criaba en su patio y a quien todo el barrio regalaba los desperdicios del día, para que ella después, cuando ya lo engordaba, sin piedad, lo convirtiera en los chorizos guajiros más exquisitos de la región y en consecuencia, también saciar la tripa golosa de sus vecinos, a quienes solía antojar solo con el olor con que, desde tempranas horas, impregnaba todo el barrio.

Cuando la descubría sentada con una ollita entre las piernas, picando cocos a tutiplén, mi corazón se aceleraba, tanto como el de Teófilo cuando miraba a su siempre bella Jerónimo o el de Lilia cuando veía llegar en el camión azul, a su amado Víctor del puerto.

Yo acumulaba todas las moneditas que lograba encontrar, hacía mandados sin chistar a quien me lo pidiera, para quedarme con los vueltos y hasta le sacaba las canas a un generoso tío, que me las pagaba a buen precio, solo por el gusto de que la sobrinera le sobara la cabeza.

Cuando ya tenía mi tesoro, con la boca hecha agua, llegaba a comprar el dulce de leche y coco más rico de toda la bolita del mundo, caliente y en la propia concha del coco. Así me quemara los dedos y, por supuesto, la lengua, porque la gula le ganaba a la paciencia y humeante me lo sopeteaba, lo consumía y lamía y siempre quedaba con ganas de más.

Todo lo que ella cocinaba, me encantaba: los pastelitos fritos de harina de trigo con un relleno bien condimentado, los pasteles en hoja de bijao, de masa o arroz, cerdo o gallina y las arepuelas, con el huequito redondito por donde las ensartaba con una vara, para escurrirlas; les quedaban crocantitas, dulces y con el anís en su punto.

Es que, hasta la cubeta de hielo que vendía Quintina en bolsas de plástico, era sabrosa. Con los años descubrí que la deficiencia de hierro que de tanto en tanto padezco, era la principal causa por la que me parecía exquisito su hielo, así que a todos los que, como yo, comen hielo, arena mojada con agua de lluvia y hasta tiza, les aconsejo hacerse unos exámenes o, en su defecto, tomar buen extracto de malta y jugo pecuecuo de cañandonga, que esas ganas compulsivas no son locura, solo es que estás bajitico de hierro y calcio: todo tiene una explicación, menos el extraordinario talento culinario de Quinti.

Pero con esta matrona no todo era un melao de caña, ella era bien fuerte en su mandato y se gastaba un geniecito respetable público.

No tenía paciencia para la pelaera indómita y malcriada que se le acercaba, le importaba un bledo que estuvieran con sus padres y los gritaba y amenazaba con jondearles la misma tapa con que soplaba el fogón, hasta volver brasa el carbón. Viéndolo bien, más que grosería, era protección, para evitarle a estos neciazos terminar fritos en el calderón de las arepuelas y empanadas.

Aunque muchos no lo notaran, yo sí. Hablo del amor de su mirada y la ternura de sus cachetes regordetes, coloraos por el sofoco constante del fogón, bien que sabía leer su sonrisa apretada, que celosamente reservaba para ocasiones especiales, como cuando en las tardes se reunía de vez en cuando con sus amigas guaperas y, con un granito de maíz, marcaba el último número y así, con el cartón lleno y muerta de la risa gritaba: ¡Bingo!