‘Rambo’, mi vecino

Con conocimiento de causa me atrevo a hacer una esquemática semblanza de un joven de la calle conocido por algunos como Jairo Manuel Ramírez Pérez, por otros como Jair Lopesierra Salas; pero por muchos riohacheros con el emblemático apodo de ‘Rambo’.

Que si bien fue el antípoda del musculoso superhéroe actor Silvestre Stallone, por ser de mediana estatura, tez bastante morena y cuerpo de Charles Atlas disecado, a fuerza de sus inverosímiles pero sanas actitudes, llegó a llamar la atención en los lugares por donde deambulaba.

En su afán de merecer ese apodo, hacía efímeras hazañas de gran valentía con su arsenal postizo de todo tipo y calibre de armas fabricadas de cualquier materia reciclable. Y con ellas prestaba celosa seguridad al entorno en que se arranchaba, siendo su última habitual morada el final de la calle 6 (antes de Marte hoy Los Tres Infantes) entre carreras 10 y 11 en las inmediaciones de nuestro cementerio central, en donde exhibía sus murales de autorretratos.

Era un muchacho oriundo de Cuestecita que llegó a los 50 años, lo califico así por ser menor que yo unos 20 años, de mente sana aunque algunos lo tildaban de loco, pero de eso no tenía ni un pelo por sus razonamientos lógicos, de una honestidad a toda prueba porque en ocasiones le solicité algunos favores con devolución de dinero y nunca me falló. Protector de la niñez y con frecuencia afloraba en él la virtud del humor que nos hacía reír. Recuerdo porque fui testigo presencial de ocasión, que un padre de familia amenazó a su hijo con llevarlo a donde ‘Rambo’ para meterle miedo y éste le recomendó que más bien le comprara la cartilla Nacho y le enseñara a leer.

Como ser humano, la muerte de ‘Rambo’ despertó en mí obvia sensibilidad por el estado deprimente que murió. Pero su deceso nos deja una gran lección. Revivió entre los riohacheros esa otrora solidaridad por los humildes, por los que padecen la pobreza absoluta debido al histórico abandono en que los mantienen las autoridades competentes.

La indolencia ciudadana despertó del letargo, aunque todos los que mueren bajo cualquier circunstancia son buenos. Pero en ‘Rambo’ esta apreciación, que por lo general es hipócrita, no aplica.

Es digno reconocer el noble gesto de la señora Sonia Bermúdez Robles, la mamá de los NN, que le organizó con otros colaboradores una cristiana velación en el parquecito frente al cementerio bajo la protección de dos carpas.

Su multitudinario sepelio y honras fúnebres, no con marcha mortuoria sino con aires tropicales, con todas las de la ley católica se llevaron a cabo en la Catedral Nuestra Señora de los Remedios, cuyo féretro fue custodiado por una legión de jóvenes, más bien por un ejército de amazonas porque en su mayoría eran mujeres. El padre Samuel, párroco de la Catedral que celebró la solemne misa, en la homilía hizo un merecido reconocimiento a este personaje de la vida cotidiana.

Amigo Jairo Ramírez, Jair Lopesierra o definitivamente ‘Rambo’, como todos lo conocimos, paz en tu tumba.