Recordar costumbres pasadas

Recordar y vivir tiempos pasados, remontar nuestra imaginación a viejas y sanas costumbres de mi tierra natal El Molino, donde el modelo de existencia de nuestra gente, a pesar de toda la carencia de lujo y comodidad en todo el sentido de la palabra da como gran resultado un convivir y una buena crianza de personas totalmente vigorosas y fuertes, la juventud de nuestra época desearía tenerla y gozar su vida sin enfermedades y problemas que nos rodean.

Todo desarrollo de la humanidad sigue y depende de la unión marital ya sea un matrimonio o en unión libre, para esa ocasión, los hombres acomodados o grandes barones del momento al pretender una mujer, conquistarla y casarse con ella, tenían que pensar en el gran dote de esa boda, al cumplir este compromiso tendría que pensar en adquirir: una cama de lienzo, un tinajero con dos tinajas de barro, dos baúles con su banquillo, una mesa, cuatro asientos o taburetes, un pilón de carreto y demás cosas útiles que necesita un hogar.

Si el pretendiente era de pocos recursos económicos su dote sería menos exigente: una cama de lienzo o una estera, si no hay tinajero lo reemplaza una horqueta de tres ramas con una tinaja en el centro, una mesa, cuatro banquetas y demás cosas necesarias para el hogar, a pesar de tanta penumbra el amor y la felicidad brotaban de todos los rincones.

La alimentación no era muy variada, pero muy abundante y saludable, lo más común en este menú bastante generalizado era la sopa o sancocho con la gran ventaja que toda la canasta familiar en esa ocasión se conseguía muy fresca, en todas sus parcelas había mucha variedad de alimentos, sembrados para sus principales necesidades el plátano, la yuca y el maíz, de las matas directo a la olla, dando como resultado una comida insuperable. También tenemos la mas nutritiva para todas las edades, una arepa adornada con afrecho, pasada por un pilón hechas del mismo material del pilón, había días donde estas arepas las acompañaban con tocino frito, elaborados y vendidos en un solo sitio conocido como ‘Donde Tío Nico’, la mayoría de sus residencias eran formadas por ranchos de palma o paja, paredes de barro y bareque, con dos puertas y una pequeña ventana, vivienda que se respetaba, en la parte trasera debía tener un corral o chiquero lleno de cerdos, esto era la base central de la economía.

A falta de luz eléctrica, en todas las casas acostumbraban a colgar una lámpara de petróleo en la puerta de la calle, dichas lámparas duraban colgadas hasta las 07:00 p.m. como muy tarde hasta las 8:00 p.m., allí se reunía toda la familia para narrar cuentos de Tío Conejo, Pedro de Malas (el más famoso) o mencionando al famoso Silborcito y demás espantos que salían en medio de la oscuridad a infundir miedo.

Cuentan de una u otra mujer saliendo arropada en una sábana blanca a cumplir una cita aventurera, de estas dormidas tempraneras traía como resultado el abultado número de hijos, con doce o más retoños en cada familia. Con el correr de los años cambió el curso de la vida; fueron instaladas plantas eléctricas en todos los pueblos y nos prestaban el servicio hasta las 11 p.m.

El preciado líquido lo teníamos en las acequias para bañarse, los hombres tenían que subir en dirección a la Serranía donde encontramos el paso de los hombres, cincuenta metros más abajo encontramos el paso de las mujeres, así todos podían bañarse sin ropa.

La diversión más grande la había para los niños y jóvenes cuando crecían, disfrutaban de muchos pozos como: Los Laureles, El Totumito, La Morada, Los Monos y Potros, allí instalaban lianas de bejuco, mecerse al estilo de Tarzan, zambullirse y durar jugando en el agua.

Desde las 6 de la tarde en adelante, grandes filas de mujeres con la tinaja en la cabeza caminaban a la acequia a recoger el  líquido y utilizaban para tomar y en todas las necesidades del hogar.