Riohacha: pobre de solemnidad

El “Gomelisimo” director del Dane nos recordó, en nuestra cara, que Riohacha es la segunda ciudad más pobre de Colombia, solo superada por Quibdó, es decir, que por ese solo hecho puede ser considerada como una ciudad pobre de solemnidad, sin embargo, se hace preciso aclarar porque llegamos a ocupar tan deshonroso sitial en el ámbito nacional. 

Riohacha, hasta mediados de los años setentas, era una pequeña ciudad donde casi todos sus habitantes se conocían entre sí, incluso, barrios enteros eran habitados por familias unidas por vínculos de sangre. El tráfico y la comercialización de la marihuana catapultó, de manera caótica y desordenada, la primera gran ola migratoria llegada de los corregimientos que la circundan por la sencilla razón que familias enteras se trasladaron a esta cuando su situación económica les cambió a tal punto que pasamos de treinta mil habitantes a más de cincuenta mil en década y media lo que trajo consigo el primer colapso del sistema de acueducto y alcantarillado, a finales de los años setentas comienzo de los ochenta. 

A mediados de los años ochenta comienza en firme la explotación de las minas de carbón del Cerrejón creando un falso espejismo que atrajo a muchas personas, ajenas al departamento de La Guajira, que se radicaron en Riohacha a ver si enganchaban en la mina, o de pronto, pegaban con la Marimba. Fue la segunda ola migratoria que nos golpeó en menos de veinte años, y nada que se ampliaba la cobertura de servicios públicos domiciliarios. En las últimas dos décadas, como consecuencia del conflicto interno y al fenómeno del narcotráfico, sufrimos el horror del desplazamiento forzado de muchas familias que huyendo despavoridas se trasladaron a esta ciudad en busca de un mejor futuro, sin nada más que la ropita que traían puesta, entonces, nuestra población se desbordó, y en contravía de los censos oficiales, se calcula que habitan en Riohacha más de doscientas cincuenta mil personas sin contar, desde luego, que en los últimos tres años somos receptores de la población migrante venezolana los que nos acerca peligrosamente a los trescientos mil habitantes. 

Con todos los problemas resumidos arriba, y por su escaso presupuesto, Riohacha era mirada por los políticos locales y departamentales como una ciudad “problema” es un horno crematorio, diría un curtido líder político, razón por la cual su administración fue cayendo en manos de los menos instruidos para el efecto, una especie de analfabetos técnicos, salvo contadas excepciones. Se necesita urgentemente poner a Riohacha en el lugar que le corresponde en el contexto nacional.