Rita… la grande y la chiquita

“Quiero volver a mi pueblo, visitar mis amigos, quedarme junto a ellos, sentir que yo estoy vivo”.

‘Nostalgia de mi pueblo’ es el título de la canción de la cual transcribimos el aparte preliminar, es de la autoría de Jorge Fernández de Castro incluida por ‘Poncho’ y ‘Emilianito’ en el LP titulado Hermanos Zuleta 95, que la disquera CBS puso a disposición de los melómanos en el mes de octubre de 1994, la cual he recordado hoy agobiado por los dulces recuerdos.

Cuando esta columna escribo vienen a mi mente los mas gratos recuerdos al mirar el calendario que me pone de presente que es 22 de mayo, Día de Santa Rita de Casia, la patrona de mi pueblo y cívico en el corazón de los monguieros; me imagino a esta hora a mis coterráneos con devoción caminando por sus calles en la procesión a la cual no pude asistir por razones institucionales.

Fue durante esta sagrada celebración que a mis diez añitos de circulación hice mi primera comunión, fue aquel, un día diferente para mí en aquellos tiempos cuando los días eran más largos y el que amanecía se parecía bastante al anterior, sin las comodidades contemporáneas pero respirábamos una paz infinita, la capilla no existía. Aquella vez durante la santa eucaristía concelebrada por Monseñor Livio Reginaldo Fischione y el padre Celestino, recibimos algunos muchachos de mi generación el segundo sacramento en ‘El local viejo’, la vieja escuela construida en la década del cincuenta por don Manuel González, ‘Manuelon’, gran amigo de mi padre.

No fue aquel un día de colorida fiesta, fue tal vez el más gris de los “días de Santa Rita”, el pueblo estaba enlutado, había sido asesinado un primo de mi vieja y las tensiones en el pueblo todo lo entristeció, las libertades a los niños y adolescentes se le restringieron, solo se escuchaba que “no se sabe que puede pasar”; la muerte de una persona vestía de luto a todo el pueblo y el único canto que se escuchaba durante un tiempo prolongado era el de los gallos y no se podía ni cantar porque aquello constituía una “desconsideración” con los familiares cercanos del difunto.

A pesar de lo anterior, mi emoción era muy grande, era la primera vez que un pelao’ de Monguí usaba vestido entero, me lo trajo mi viejo de Bogotá: saco de color azul con pantalón de paño gris, para la ocasión me vistieron con todo esmero mi vieja y su gran amiga Micaela Reinoso, quien vino de Santa Marta a Monguí para acompañarnos en ese acontecimiento sublime. El pantalón me producía una picazón que soportaba con estoicismo y con gusto porque me sentía importante, fui donde mi madrina Olga Ibarra para que me viera y me felicitara, fui a donde mis abuelos y mis tías, recorrí el pueblo contándole a todos lo que había sucedido con este cuerpecito, no hubo poder humano que me convenciera de quitarme el solemne atuendo antes que el opaco sol se fuera a sus aposentos, es decir, que a la vaina le saque la boleta.

En esa época no tan pretérita –porque tampoco soy viejo– durante los días previos a la celebración los viejos limpiaban los revólveres y las escopetas para que estuvieran en buenas condiciones durante la procesión para hacer disparos al aire a manera de salvas en honor a la patrona de todos, el de mi abuelo era un Smith Watson con cacha de nácar y para colocarle los proyectiles había que “quebrarlo”, el tambor no salía hacia un lado como ahora, en la escuela las maestras preparaban a los alumnos para la primera comunión y para la confirmación en la fe, era un bellísimo ritual, con Ave Marías y actos de constricción incluido.

Me viene a la imaginación lo que debe estar sucediendo en este preciso momento cuando a medida que la procesión avanza, se confunden los olores del whisky con el inconfundible olor a pólvora, porque no hay venta de minutos sin confites ni fiesta patronal que se respete sin fuegos artificiales, es un olor embriagador, evocador y que nos transporta a ese tiempo cuando en mi pueblo todos venerábamos a Rita la Chiquita y después a la grande.

Todos recordamos aquella vez, estando niños, cuando en la sala de la casa de Pule Fuentes, frente al altar de Santa Rita ‘la Chiquita’, la original, había una parranda de los viejos con ‘Monche’ Brito y todos permanecimos allí un larguísimo tiempo deseosos de verlo tocar el acordeón, lo abría y lo volvía a cerrar y echaba otro cuento de los años cincuenta, ya desesperados el primo Norge Brito Q.E.P.D. dijo: “Ese viejo no toca es na”, y don José Peralta, un tío de mi vieja que fue cajero de Francisco El Hombre, refirió: “Cállate, muchacho, que los músicos buenos son haraganes”, de allí nos fuimos horas después y nunca pudimos escuchar un disco tocado por ‘Monche’, la verdad era un músico haragán.