Rodrigo Lara Bonilla… sacrificado

“Este canto se llama el Historiador, porque he narrado la leyenda de mi vida, que fue vivida por el compositor que por sentir amor perdió su pobre vida”.

El aparte transcrito corresponde a la canción titulada ‘El Historiador’ de la autoría de Raúl Garrido Gallardo, fue grabada por Los Hermanos López con la voz de Jorge Oñate, incluida en el corte número 2 del Lado B del LP titulado ‘Fuera de concurso’ en el año 1974, a propósito del episodio histórico que hoy ocupa nuestra mente.

Cuando esta columna escribo, se cumple un nuevo aniversario del magnicidio de Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia del gobierno de Belisario Betancourt sacrificado injustamente por cumplir con su deber, comenzaba entonces la guerra irregular desatada por los narcotraficantes en contra de el Estado por su política anti drogas, y la persecución del ilícito negocio y sus protagonistas.

Desde el Movimiento Estudiantil en el glorioso Liceo Celedon de Santa Marta, se veía entonces la actitud de Belisario el presidente con desconfianza, por lo que se consideraba una débil posición  ante las exigencias extranjeras de continuidad a la represión  para erradicar el narcotráfico, pero despertaba en la muchachada mucha simpatía por su decidida cruzada buscando un acuerdo de paz con los grupos insurgentes, muy especialmente con el M19 y con las Farc, el debate en las asambleas estudiantiles, que se hacían en el Paraninfo, el cual supe que ya no existe, igual en el encuentro estudiantil que se realizó en la Universidad Tecnológica y Pedagógica de Tunja, era entre quienes defendían las negociaciones políticas bajo el fuego, y quienes considerábamos que el cese del fuego y del secuestro  era el punto de partida para un gran acuerdo nacional

Hoy entiendo que nuestra presencia en aquel encuentro fue un acto de irresponsabilidad,  una aventura que afortunadamente terminó bien, porque el escenario era tenso, había razones para el miedo, allí se sentía la polarización que vivía en el país, asistió mucha gente que no compartía la lucha armada, pero también llegaron los apasionados defensores de la famosa combinación de las formas de lucha, quienes no estaban dispuestos a aceptar que nadie opinara lo contrario, mi compañero de esos tiempos memorables, Fabio Herrera Martínez lo debe recordar, juntos viajamos a esa asamblea en la cual, además de ser soñadores se necesitaba tener los cojones en su sitio.

Lara Bonilla era visto por nosotros como un jurista brillante, un orador formidable, un político librepensador, enfrentado solitario a un sector del país, muy grande y poderoso que cumplía al pie de la letra instrucciones de gente untada de dineros de discutible procedencia, y Luis Carlos Galán era su coequipero y tenía mucha ascendencia en el  establecimiento, y se sabía que había sido el ministro de Educación más joven del país, era para él una buena carta de presentación, su discurso parecía  monotemático pero le gustaba a la gente, mientras Rodigo Lara  en sus intervenciones públicas en el ejecutivo, y como ya lo había hecho en el Congreso, causaba grata impresión por  su gran formación jurídica e intelectual, también  preparado para ser presidente de la República como Galán, pero había   la sensación colectiva  de su soledad infinita frente a los problemas que se le vinieron encima por su posición vertical frente al delito.

Admiré a Lara Bonilla, por su habilidad para transmitir el mensaje a los ciudadanos, por el poder de su palabra, y la técnica jurídica que dejaba extendida en sus exposiciones en derecho, y la verdad, soñaba con llegar a ser abogado para hablar como él,  por eso me impactó mucho su asesinato, igual, me estremeció una crónica que aquella vez publicó un periódico, sobre su esposa Nancy  y sus  menores hijos titulada ‘La sangre no fue lo que me dio miedo’, coincidió su muerte con la víspera de mi viaje a Barranquilla para empezar en la U, por eso la casualidad fatal, llegué a la Puerta de Oro de Colombia, para comenzar Derecho el día de su sepelio, y regresé después de haber terminado mis cinco años maravillosos  en la Universidad del Atlántico el día del sepelio de Luis Carlos Galán, es decir, que mi periplo universitario estuvo marcado por el desangre de mi país.

Hoy pienso que solo le gusta la violencia a la gente que no bailaron chiquita, Dios permita que  nos dejen comer los granitos de arroz tranquilos, la paz por mandato constitucional, no solo es un derecho fundamental a   secas, si no irrenunciable.