San Juan del Cesar en la obra y vida de Gabriel García Márquez

Es motivo de gran satisfacción y el más caro orgullo para todo mortal, ver en las páginas doradas de la cumbre de la literatura universal el nombre de la tierra donde uno nació.

Siendo mayor el orgullo si es referenciada por una pluma de tanto reconocimiento y prestigio, como la de Gabriel García Márquez, nuestro insigne nobel de literatura, el inmortal hijo de Aracataca. Ese mismo que dijo que su obra cumbre, ‘Cien años de Soledad’, es un vallenato de 450 páginas. Quien convirtió a La Guajira en ficción y realidad de su obra inmortal y en su mayor metáfora. El mortal irreverente que se paseó de liqui-liqui por Estocolmo, con el conjunto de los Hermanos Zuleta, para recibir el nobel que le fue otorgado. El mismito que, en su obra, ‘El amor en los tiempos del cólera’ describió a San Juan del Cesar, nuestra cuna incomparable, en los siguientes términos: “su rumor se confundía con el de la lluvia, de las tardes de Topacio de San Juan del Cesar, cuando salía a pasear con su corte de primas alborotadas”.

Constancia expresa que deja el más grande de la literatura colombiana de que si conoció las costumbres sanjuaneras. Igualmente, que alguna vez en su vida se pasó por nuestro municipio con su pluma sagrada hasta incluirlo en su obra inmortal. Describía el nobel esas tardes diamantinas en que después de la lluvia y disfrutar de un arco iris hermoso, las mujeres sanjuaneras salían en grupo a lucir sus encantos para robarse las miradas de su príncipe azul. Ha sido costumbre de la mujer sanjuanera, pasearse por sus calles acompañada de un grupo de primas y amigas para lucir su belleza. Costumbre muy recurrente que todavía persiste. Quizás sea esta la costumbre de entregar el corazón, complementada con atenciones y hospitalidad, a la cual se refiere nuestro trovero cantor, Roberto Calderón en su canción insigne Luna Sanjuanera. García Márquez, describe también en el Manifiesto, en Bogotá en 1977, que tenía que irse a viajar por el Magdalena, hasta Riohacha, hasta La Guajira. Cómo en efecto lo hizo, vendiendo enciclopedias y libros, como un pretexto para conocer sus raíces de escritor.

Y fue precisamente en esa odisea por esta Península cuando pasó por San Juan del Cesar. De ahí que en sus gloriosas páginas literarias nuestro municipio también haga parte de sus creaciones y de su universo poético, cuando se refirió a la idiosincrasia de La Guajira. La memoria prodigiosa de ‘Gabo’ nunca olvidó los pueblos de La Guajira que hacían parte del Magdalena Grande. Por eso, en su mundo novelesco aparecen los pueblos del sol y de la Provincia de Padilla, como Manaure, Riohacha, Fonseca, San Juan del Cesar, Villanueva y Urumita. Del mismo modo, hace mención del precursor de la música de acordeón en ‘Cien Años de Soledad’. Refiriéndose a aquel negro trotamundos nacido en Galán, cuyo nombre de pilas era Francisco Moscote Guerra y a quien la mitología vallenata apodó ‘Francisco El Hombre’, presentándolo ‘Gabo’ como una leyenda viviente de más de 200 años.

Era ‘Francisco El Hombre’, el mito que difundía las noticias con música de acordeón y quien también llegó a la plaza de San Juan del Cesar en su burro josco en las fiestas de beneficencias y celebraciones públicas, con las características que narra en El Otoño del Patriarca. O sea, que San Juan del Cesar también hace parte de ese universo literario llamado Macondo, enaltecido y consagrado en la pluma de ‘Gabo’ cuando describe a ‘Francisco El Hombre’ cantando noticias en medio de un circulo de curiosos.

Despertándose desde allí su pasión por la música de acordeón y convirtiéndose en un adicto del fuelle mágico. El otro capítulo de San Juan del Cesar en la vida de Gabriel García Márquez, lo constituye su admiración y reverencia frente a las notas cadenciosas, finas y clásicas de nuestro inolvidable rey de reyes del Festival Vallenato como lo fue el gran ‘Colacho’ Mendoza. Ese hijo de Caracolí, Sabanas de Manuela, municipio de San Juan del Cesar, fue quien tocó con su acordeón consagrado todas las fiestas del nobel en Aracataca, apadrinado por Rafael Escalona, para que ejecutara magistralmente los paseos y merengues de su autoría. Es decir, lo mágico y exótico de nuestro pueblo y el acordeón magistral de ‘Colacho’, llenaron de encanto y fascinación a ‘Gabo’, haciéndolo proclive al vallenato y a sus poesías con olor a campo y a vaquería.