Si mi padre estuviera con nosotros

“Si somos algo bueno, se le debe a viejo y vieja”

El aparte transcrito corresponde a la canción titulada ‘La Herencia’ de la autoría de ‘Emilianito’ Zuleta que grabó primero con su acordeón y su voz y después con su hermano en el año 1973, la cual hemos recordado a propósito del tema que ocupa nuestra atención.

Al ver la primera luz de este día viene a mi mente mi padre, un buen ser humano y de buenas costumbres que hizo de su vida a pulso un sendo monumento a la moral, la decencia y la rectitud, fue aquel el hombre escogido por mi vieja para que sus hijos nos sintiéramos orgullosos de haber nacido de sus entrañas, fue aquel que por su temprana orfandad tuvo que trabajar desde muchacho para subsistir con sus hermanos, mientras perfeccionaba sus incipientes conocimientos sobre sastrería enseñado por su madre.

Coincidió la fecha de su partida con el día de la degollación de Juan el Bautista patrono de Cotoprix el pueblo donde nació, fue aquella vez, cuando una noche antes recibí el mensaje inequívoco en un sueño que algo brutal sobrevendría sobre nuestra familia, y al emprender regreso a la ciudad, fui enterado en el camino que mi viejo acababa de partir para siempre.

Fue Evaristo mi padre un líder innato que servía a la gente sin mezquinos cálculos, servidor del Estado durante 40 años y sin macula alguna en su hoja de vida, no amasó fortuna porque para él eso no era importante, pero si nos dejó a todos un cúmulo de enseñanzas que no se compran con todo el dinero del mundo, y tuvo la satisfacción antes de irse de ver los frutos de su cruzada entre los padres de familia de nuestros pueblos para que dejaran de pensar tanto en los corrales llenos de vacas y que invirtieran en la educación de sus hijos, muchos de los cuales pudieron estudiar porque el los ayudó, siempre decía que “la única inversión segura es la educación de los hijos, lo demás está en riesgo”.

Hoy ante tanta inversión de valores echo de menos a mi padre inteligente y que se ufanaba de ser un autodidacta, sus fuerzas solo le permitieron cursar hasta tercero de primaria, pero era un experto para enseñar a leer y a escribir, era un maestro de la vida y siempre recuerdo su advertencia quince días antes de su muerte cuando fui encargado como alcalde de Maicao: “Cuidado con una vaina porque al funcionario se le perdona que se le vayan las patas, pero si se le van las manos hay que cortárselas”.

Imposible olvidar que cuando viajaba a Bogotá -ciudad que le fascinaba- me anotaba en el almanaque de la Farmacia del Pueblo que siempre permanecía colgado en mi casa la fecha de su regreso, yo iba marcando día por día los que iban transcurriendo, ansioso por verlo llegar, eran días larguísimos, cada uno de ellos igualito al siguiente, me desvelaba por las noches imaginándome que traería para el nene de la casa, fue en uno de sus viajes que me trajo una bolsa con unos bombones grandísimos, hasta entonces desconocidos para mí, no los habíamos visto ni en televisión porque no teníamos televisor, y al darse cuenta que yo no le quería dar a otro niño, me convenció que le regalara uno contándome una historia que no se borra de mi mente, me dijo: “Había una vez un hombre tan loco, tan loco, que todo lo daba y mientras más daba, más tenía”.

Sigo pensando que si mi padre estuviera junto a nosotros muchas cosas no hubieran sucedido, su palabra era prenda de garantía de cualquier compromiso, su presencia era símbolo de respeto, sus consejos podían cambiar el rumbo de la existencia de cualquier persona, sus llamados de atención hubieran salvado muchas vidas y su periplo vital permitía que las consideraciones se mantuvieran para que nadie hiciera daño a su misma gente.

Mi padre siempre estuvo atento para que en nuestra agenda y nuestro corazón la familia no fuera sustituida nunca por “nuevos mejores amigos”, nos inculcó un cúmulo de valores que nos han permitido mantener la frente en alto en las subidas y en las bajadas sin que nadie pueda humillarnos ni con el poder mal avenido ni con enriquecimientos ilícitos, igual siempre nos recordaba que aunque su amigo Álvaro Gómez parodiando a su padre decía que “A la gente hay que creerle” no podíamos olvidar que el diablo tentó a Cristo pero no cayó, que había que desconfiar porque hay gente que le sirve a uno y otros que se sirven de uno.

¡Cuánta falta nos hace nuestro padre y gran maestro en este mundo donde hay tanta gente mala en medio de tanta gente buena!

luisacosta_medina@hotmail.com