Sigo sin entender

Siempre será estéril tender puentes de entendimiento en una sociedad cerrada al diálogo; cada vez más sorda, ciega y muda, como la popular canción. La evidencia nos enfrenta a la inconsciencia social; sorda, porque no escucha las voces de angustia y sufrimiento, diariamente; ciega, porque no ve la desigualdad social que tiene al frente y muda, porque nunca se hace sentir, con argumentos firmes, reclamando sus derechos fundamentales. En este sentido, hay que luchar por esos derechos. Pero no, esta sociedad está absorta en ese principio que no hay peor ciego que el que no quiere ver.  Son los “quijotes Cervantinos”, con el cerebro seco y el juicio perdido en el fanatismo. Cuando ésta expresión emocional corroe las personas, solamente desarrollan acciones y no reflexiones; peleando batallas fantasiosas, con desafíos ideológicos y políticos, ajenos a una cultura escasa en conocimientos; los defienden como propios. Según los estudiosos, de esta disciplina, están relacionados con distintos trastornos de personalidad: a propósito, “cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es incurable”, sentencia Voltaire.

A todo esto, no podemos olvidarnos que también tenemos nuestros defectos, que pueden ser mayores de quienes diferimos o criticamos; todos tenemos esa obsesiva inclinación a criticar. Sin embargo, encontramos diferencias de los que no podemos aceptar los actos crueles contra la vida, dignidad y honorabilidad de las personas que, justamente, defienden las interrelaciones sociales y la convivencia pacífica. Al contrario de aquellos, que siempre han pregonado y se han centrado en la fina línea de la ideología efímera y el fanatismo, actuando en forma irreflexiva sin medir consecuencias, enemigos de la libertad y el progreso. Amigos de las guerras y sus consecuencias (masacres, violencia e injusticias), alegando que “algo tendrían pendiente”. Por eso, sigo sin entender el pensamiento torcido de esas personas ante estas barbaridades. Estas actitudes negativas están registradas, desde mucho antes, en la historia y han sido las culpables del subdesarrollo de los pueblos, en lo político, económico y social. Son ideologías plagadas de fanatismo, las cruzadas y la inquisición, en la antigüedad. Nacismo y fascismo, más recientes y, en la actualidad, nuestro país con una democracia disfrazada. Es conveniente destacar, que tendiendo puentes de entendimiento encontraremos esperanzas, tolerancia y solidaridad. Sobre todo, solidaridad, esencial para una responsabilidad social y sostenible en el tiempo, con un compromiso transformador de los principios multiplicadores de la pobreza.

Obviamente que, para lograr esa transformación, necesariamente se requiere de un gran sacrificio por parte de los involucrados en esta lucha: esto implica, no solo colaboración, sino perder algo importante por el bien de todos. Hay que comenzar por el origen de las relaciones sociales, contextualizado en la actitud de los participantes y la voluntad de cada uno de ellos, como estímulo de cambio a la comunidad, son importantes. Sin embargo, existe un temor generalizado, especialmente en la población de estrato bajo, que los políticos patriotas, en una patria deshecha, utilizan en forma distractora, aprovechándose de un pueblo timorato y cobarde, sembrándoles un miedo infundado, que los mantiene asustados y no permiten un cambio con justicia social. La desinformación segmentada, de los noticieros nacionales, y como la reciben los pueblos, ayudan aumentar el temor; una mirada a los titulares, vemos tragedias, asesinatos, atentados y guerras, realmente impresionantes. El miedo es necesario apartarlo del medio.

Por alguna razón, a los colombianos vocingleros, no les importa entender los vericuetos de la política, pero si tienen la tendencia de premiar a los menos capacitados; hoy los aduladores, mañana los traidores. Últimamente, haciéndose los de la vista gorda, han elegido para los altos cargos del estado, a los hijos de nuestra corrupta clase política, aquellos que gozan de gran simpatía mediática, y no por sus ideas. Son los que están a cargo del manejo y la gestión de la cosa pública. Después que suben, utilizan el poder, no para servirle al pueblo, sino para servirse de quienes lo eligieron: no hay justicia social; se requiere un enfoque equitativo para el desarrollo general. En alguna ocasión escuché que “las mejores maestras son la necesidad y la pobreza”, pero al parecer, ninguna de las dos padecemos los colombianos, porque seguimos eligiendo lo mismo y a los mismos. Posiblemente encontremos alguien que nos explique esta situación. Por lo pronto seguiré sin entender nada.