Solidaridad

Por estos días de pandemia quizás sea, junto con protocolo y coronavirus, la palabra que más se escucha en boca de todo mundo. Solidaridad es una palabra hermosa que significa el apoyo o la ayuda que le podemos brindar a alguien que pasa por una situación difícil. Los aciagos días que vivimos por cuenta de este virus letal nos obliga –como hijos de Dios– a ser solidarios frente a las carencias y necesidades de los otros, a dar la mano, ofrecer una ayuda al más necesitado, para así honrar a Dios con una de las virtudes teologales más hermosas que debe practicar un buen cristiano: la caridad, que se traduce en el amor al prójimo. No se olviden de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios (Hebreos 13:16).

La Nación colombiana como un Estado social de derecho está fundada en el principio de la solidaridad humana, según el artículo primero de nuestra Constitución. La solidaridad nos mueve el corazón, es como el motor que nos impulsa a ayudar. Ella proviene de un espíritu altruista, sin afán de protagonismo, dejando a un lado la vanidad o figuración ante los demás por lo que haces o das. 

Aplaudo las acciones del gobierno de ayudar a los más necesitados a través de programas sociales, celebro que los empleados con altos sueldos los donen, que empresarios destacados como Arturo Calle mantengan los salarios de sus empleados, que alcaldes y gobernadores repartan mercados, que los artistas ayuden a recaudar fondos a través de conciertos virtuales y que los deportistas con grandes ingresos se desprendan de parte de sus jugosos contratos para ayudar a quienes más lo necesitan. Todos poniendo, unos más otros menos, pero cada uno aportando su granito de arena para paliar las consecuencias socioeconómicas generada por esta crisis mundial del coronavirus. 

Lo deseable –digo– para mantener la humildad con la que deben hacerse estos gestos sería el anonimato, y que detrás de estas acciones no estuvieran los reflectores de las cámaras mostrando como protagonistas de realites televisivos a quienes con su generosidad ayudan a otro, alimentando su ego personal, algo muy difícil de dominar en estos tiempos de redes sociales donde todo el mundo quiere figurar como actor de su propio show. Me molesta ver a un gobernante o a un político haciendo alarde de su solidaridad cuando difunde imágenes mostrándose con el beneficiario que recibe una ayuda, preocupándose más como se ve él que por otra cosa, a quien valdría la pena recordarle que “la caridad debe ser anónima, de lo contrario es vanidad”.

Pero si esta tragedia que vive el mundo nos ha sacado el lado más humano que es ayudar al prójimo, también es reprochable la actitud miserable de aquellos que aprovechándose de la situación se lucran con las ayudas del gobierno o donaciones particulares, ya sea los gobernantes con sobrecostos en las compras para enriquecerse, o los políticos, para desviarlas a personas que realmente no la necesitan, haciendo politiquería; como los describió el presidente Duque son “ratas de alcantarilla” y les debe caer todo el peso de las “ías”. 

Cuando todo esto pase, que pasará porque no hay mal que dure cien años, las secuelas sociales y económicas serán grandes y debemos mantener ese espíritu de solidaridad que nos caracteriza a los colombianos para seguir ayudando a aquellos que resulten más afectados, no solo por la satisfacción propia del deber de servir haciendo lo que corresponde sino como cristianos para agradar a Dios y ser merecedores de sus bendiciones. Al caído hay que tenderle la mano para ayudarlo a levantarse y eso es la solidaridad. Dios es grande y poderoso.