Todo cambió

Hace 46 años cuando comenzaba mi bachillerato en el Liceo Montería, como casi todos los jóvenes de mi generación soñaba con ser médico o abogado, pues estas eran las carreras más prestigiadas para la época y las dos profesiones liberales por excelencia más consideradas por la sociedad, no solo por el servicio social y humanista que cumplían y hoy todavía cumplen, sino por ser símbolo de estatus social y éxito profesional y económico. En toda familia se quería tener entre sus miembros a un médico o a un abogado, afortunadamente puedo decir que, en mi caso, abracé la carrera de las leyes por vocación.

Eran otros tiempos y había pocas facultades para estudiar estas carreras y las que existían tenían prestigio y era difícil acceder a ellas. En Montería no había Facultad de Medicina y la carrera de Derecho aún no había graduado su primera promoción en la incipiente Cesco (hoy U. del Sinú). Ser abogado de la Nacional era y sigue siendo un gran mérito, por la calidad y renombre de esta institución.

Con el sueño de ser abogado viajé en bus dos días para llegar hasta Bogotá a presentar mi examen en la U. Nacional; también me presenté en La U del Atlántico en Barranquilla. Finalmente fui admitido en esta de donde me gradué de abogado en 1987, otros condiscípulos míos del bachillerato siguieron la carrera de medicina. Hoy somos varios los profesionales en estas disciplinas del saber que desde diferentes cargos, públicos o privados, o en mi caso como independiente, prestamos un servicio a la sociedad defendiendo, unos la vida, como los médicos, y otros los derechos como los abogados.

Pero en estos 45 años que pasaron desde que iniciamos nuestros sueños, todo cambió. La proliferación de facultades de derecho “de garaje”, convertidas en fábrica de abogados, ha desmejorado la formación integral del abogado y hecho “fácil” obtener el título de abogado; ya no se estudia presencial, en jornada de ocho horas diarias de lunes a viernes, sino también semipresencial los viernes y sábado; cualquier pelagato por ahí muestra una Tarjeta profesional que dice que es “abogado”; la mediocridad en el ejercicio profesional y en la práctica judicial es lo normal, conozco colegas que no saben ni elaborar una demanda. Colombia se precia de ser un país de leyes y de tener más abogados que España, Inglaterra e Italia juntos. Somos después de Costa Rica, en América, el país con más abogados, y obvio que la cantidad ha venido a desmejorar la calidad. Hasta los presos estudian y se titulan de abogados para rebajar pena. 

Se tiene la percepción equivocada de que estudiar derecho es fácil, tal vez, pero ejercer esta noble profesión con éxito no.

La ley 100 de 1993 convirtió a los médicos en un eslabón más de la cadena comercial de la salud. El surgimiento de las EPS como intermediarias del negocio entre clientes y prestadores (IPS) acabó prácticamente con la profesión liberal del médico, convirtiéndolo en un asalariado. Hoy médico en Colombia que no trabaje dentro del modelo prácticamente debe dedicarse a otra cosa.

Pero lo peor de todo para estos profesionales es lo mal remunerado que son, que no se compadece lo que ganan con los largos estudios y riesgos que corren en su actividad. La pandemia por el Covid-19 que vive el mundo ha venido a desnudar su crítica situación laboral y las condiciones en que trabajan los médicos. 

Mal remunerados, sin los elementos de bioseguridad para hacer su trabajo y proteger sus vidas, cuando mueren cumpliendo su misión – para la cual prestaron el juramento Hipocrático – la sociedad hipócrita los enaltece con el título de “héroes”, cuando en realidad son víctimas del oprobioso sistema de salud que tenemos, y para colmo de males el gobierno expide el decreto 538 donde prácticamente los obliga a trabajar en las peores condiciones, a riesgo de su propia vida. 

No les pagan a tiempo, no están regularizados laboralmente sino por OPS, sin prestaciones, ni salarios dignos, la otrora carrera afamada del médico también se ha venido a menos desde que la salud se convirtió en un negocio para los empresarios y dejó de ser un derecho para los usuarios. Hoy prima más las ganancias de las EPS que la vida de los clientes del sistema. Los pacientes (clientes) tienen que hacer valer su derecho a la salud a través de tutelas. Sería insuficiente este breve artículo para referirme a todas las injusticias del sistema contra los profesionales de la salud.

El hombre lucha toda su vida por conservar los dos bienes que más quiere: su vida y para eso tiene al médico, y su patrimonio, y para eso cuenta con el abogado. Médico y Abogado, dos profesiones con una vocación social humanista sin las cuales la sociedad misma estaría condenada a desaparecer, venidas a menos (ninguneadas) porque la economía del mercado los ha convertido en simples profesionales calificados, en detrimento de la formación y calidad para los abogados, y de la explotación y mala remuneración para los médicos. No hay derecho.