¿Tortuga frita?

De los recuerdos de mi niñez que no he podido borrar de mi memoria es aquel de ver agitar desesperadamente sus aletas a las inmensas tortugas verdes que boca arriba, en la orilla del mar de Riohacha, parecían pedir clemencia, creo que lloraban, mientras esperaban la muerte más brutal de que se tenga noticia. Todo para satisfacer el apetito de unos cuantos individuos que aún en nuestros días creen en los poderes afrodisiacos de este reptil.

Es evidente que nuestra vecindad con el mar nos proporciona, a los guajiros caribeños, muchas más opciones culinarias que a nuestros paisanos del área rural y del sur, por ejemplo, la sierra en escabeche, el cazón del día siguiente, el arroz con camarón, la sopa de bagre, el lebranche asado, la boca colora frita, etc. A todas estas, siempre me he preguntado, ¿A quién se le ocurrió matar a la primera tortuga marina para consumir su carne en pequeños trozos que primero se sancochan a fuego lento en agua con sal, pero, jamás se fritan? Se especula, en el barrio Arriba que el primer ajiaco de mano, pecho, buche y rabo de tortuga se lo prepararon a Francis Drake para evitar que se tomara el pueblo por décima sexta vez, es más, un marino que lo acompañaba dijo que en Jamaica también se comían el buche de este animal y que a cierta parte del cuerpo lo llamaban cachaza, como aquí.

Las inmensas praderas de pastos marinos, fanerógamas, que se encuentran en nuestro mar nos ubican, en el contexto nacional, como la región con el mayor número de tortugas marinas en su medio natural lo que incide directamente, por desgracia, que sea en este departamento donde más se consume su carne a tal punto de encontrar sitios, en Riohacha y en Maicao, especializados en su comercialización, entonces, no es raro observar a muchas personas esperando turno para degustar una buena ración de carne de tortuga ignorando que esta puede estar contaminada con bacterias, parásitos, biotoxinas y metales pesados como el cadmio y mercurio, de acuerdo a lo anterior piénsalo dos veces antes de consumir su carne.

Muy a pesar que existen disposiciones legales que prohíben expresamente el comercio y consumo de la carne de tortuga marina, como especie protegida, no es menos cierto que se sigue promocionando como un atractivo turístico. No existe conciencia ambiental en nuestro medio para acabar con tan macabra costumbre a tal punto que en una visita de persuasión que le hicieron a un expendedor de carne de tortuga, le advirtieron que esta especie estaba en peligro de extinción, este, en su ignorancia, respondió que quién se había metido al mar a contarlas. Le corresponde a las nuevas generaciones evitar que desaparezca de nuestro entorno un extraordinario animal que habita el planeta hace más de cien millones de años.