Un beso, una boda, mil estigmas

Las elecciones del 27 de octubre de este año marcaron hitos memorables para la agitada historia electoral del país. Quizás, el hecho más trascendente fue la victoria de Claudia López, como la primera alcaldesa electa en Bogotá. Claudia, una mujer intachable en su exitosa y ascendente carrera política, líder del movimiento ecológico desde el Partido Verde, la misma que no se radicaliza, pues es tan dura en sus cuestionamientos con la insurgencia armada como con la ultraderecha representada en Álvaro Uribe.

Su elección debió generar mucha atención de los medios, además, porque también derrotó a las grandes firmas encuestadoras, las que, con resultados amañados, quisieron torcer la opinión de los votantes de Bogotá. Afortunadamente, el electorado más maduro y consciente del país está en la capital y eso se refrenda con la derrota de las maquinarias y los partidos tradicionales que con frecuencia se ha presentado en los últimos años.

Para sorpresa mía, cuando esperaba que los medios hegemónicos y muchos alternativos destacaran como la gran noticia en los resultados de las elecciones regionales, el triunfo de esta aguerrida y bien preparada politóloga, el hecho resaltado con morbo y exacerbación fue el beso con el que Claudia festejó su triunfo con su pareja, la parlamentaria Angélica Lozano. Los memes se viralizaron, los estigmas sobre los bogotanos pulularon como para hacerles caer el peso de la sanción moral por haber elegido como alcaldesa a una mujer abiertamente lesbiana.

Pasaron los días. Justo cuando el Congreso, arrinconado por la opinión pública y un país “emputao”, decide aprobar la histórica ley que prohíbe la casa por cárcel para los corruptos y los inhabilita para seguir contratando con el Estado, Claudia y su novia pública, Angélica Lozano, vuelven a ser noticia. Cualquiera pensaría que por haber sido las dos berracas que se echaron al hombro la consulta anticorrupción que alcanzó tan significativa votación que obligó al gobierno, a regañadientes, a no entorpecerla por lo menos. Eso pone a Claudia en camino a ser el personaje del año. No, el país novelero, intolerante y puritano, se concentró fue en la noticia de la boda entre López y Lozano.

Al mismo tiempo, ocurría otro doloroso episodio de la infamia y los crímenes de Estado cuando en Dabeiba la tierra comienza a vomitar cadáveres de los falsos positivos, el país de doble moral se escandaliza por un beso entre dos mujeres que juran amarse por siempre y sellan el pacto legal de unión matrimonial.

Es ese rasero moralista que pretende legislar con código religioso y no con normas constitucionales garantistas el que le hace asco a una unión de personas del mismo sexo, pero se queda mudo y cómplice con la barbarie de los falsos positivos, la “catepila” de impuestos y el desgobierno de un subpresidente anodino. Mujeres y hombres sedicentes “guardianes de la moral cristiana” que pusieron a Uribe como presidente y garantizó su continuismo con el actual, justo porque los ven como los redentores de una causa que conculque los derechos de quienes tienen una identidad sexual diferente a las hegemónicas. Son los que imponen su interpretación sesgada de la Biblia como fuente de toda verdad y mandato que los colombianos deben seguir, aunque seamos un país laico.

A Claudia, así como a su pareja, le han querido invisibilizar sus méritos, sepultar sus logros bajo la carga oprobiosa y estigmatizante de sus preferencias sexuales. Ellas son libres, lo que hicieron es legal en este país, es un acto de amor y no de odio, nadie se va a afectar si ellas se casan; tampoco si deciden adoptar hijos, a los que de seguro, darán más afecto que el que suelen dar los moralistas a los biológicos suyos. Ojalá los políticos y líderes religiosos tuvieran pantalones para denunciar las infamias que tanta gente tolera mientras diseña y comparte memes por el amor entre dos mujeres.