Un dirigible surcó el cielo samario

Este mes de mayo se conmemoró un aniversario más de una tragedia aérea que me ha hecho retroceder en el tiempo. El recuerdo me presenta con nitidez la imagen de un dirigible o zeppelín que una tarde luminosa cruzó el cielo de Santa Marta. 

Como ocurría en nuestra ciudad cuando algo extraordinario acontecía, la multitud siguió con la vista el desplazamiento del dirigible y de pronto, como si hubiera un acuerdo previo, todo el mundo corrió hacia la playa con el convencimiento de que allí aterrizaría. 

No fue así. Después de permanecer quieto en el aire por más de media hora, el aparato continuó su lento viaje. Nunca más volvimos a ver un dirigible, aunque por esos embelecos de los habitantes de provincia, aparecieron algunos niños con el flamante, sonoro y aéreo nombre de Zeppelín. Además, los jóvenes y adultos vagos comenzaron a llamar “dirigible” a toda mujer embarazada que se les cruzaba en el camino.

De ese episodio hace muchos años. Ya había ocurrido la tragedia del Hindenburg, el dirigible más famoso del mundo de la aviación, que se incendió en el aeropuerto de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos y dejó 36 muertos. Fue fabricado en 1935, medía 245 metros de largo por 41 de diámetro. Había cruzado 17 veces el Atlántico con una velocidad máxima de 135 kilómetros por hora. Su nombre rendía homenaje al presidente de Alemania, Paul von Hindenburg.

El uso del dirigible comenzó en 1919, finalizada la Primera Guerra Mundial. Siempre me he preguntado qué gran beneficio prestaba un dirigible a la navegación aérea. Alcanzaba una altura de 4800 metros; su desplazamiento era lento. La verdad es que había olvidado por completo la existencia de los dirigibles; solo veía unos pequeños, con publicidad de Goodyear, sobrevolando los estadios deportivos durante algunos partidos de béisbol en los Estados Unidos.

Por alguna razón que desconozco se perdió el entusiasmo por esos aparatos después de ocurrido el accidente de mayo de 1937. Desde esa fecha dejó de ser transporte aéreo, aunque algunos países lo utilizaron para vigilar fronteras y Estados Unidos y Gran Bretaña lo aprovecharon para detectar submarinos enemigos. Sin embargo, en años recientes ha crecido el interés por activar estos dirigibles para fines recreativos y turísticos. 

Por eso en el 2018 surgieron aparatos cuya especialidad es brindar comodidad a los pasajeros. Son verdaderas mansiones o plataformas aéreas con capacidad reducida. Uno de esos planes de cruceros solo puede transportar 19 pasajeros, por lo que el valor del pasaje es muy elevado.

En contraste con el miedo que causó el accidente del Hindenburg, se piensa con optimismo poner en el aire una flota de dirigibles comerciales en el año 2023. En efecto, una empresa sueca desea convertirse en la primera aerolínea de dirigibles del siglo XXI. 

Afirman, casi como eslogan: “Es mirar hacia atrás para avanzar”. Esperan realizar vuelos sobre el polo norte con 7 tripulantes y 16 pasajeros. El viaje durará 36 horas y partirá de una ciudad noruega, todo por un valor de 90.000 euros por cabina para dos personas. 

Este dirigible se identifica como Airlander 10; alcanza una altura máxima de 3000 metros y una velocidad de 111 kilómetros por hora. Tiene 98 metros de largo y 44 de ancho. Utiliza helio en vez de hidrógeno, que fue el combustible causante del accidente del Hindenburg.

Los dirigibles vivieron su época dorada entre 1912 y 1936. Podemos afirmar que después de un poco más de un siglo de su invención, vuelven por sus fueros.