Un pueblo con nombre y sin historia

de la Costa Norte colombiana, más específicamente, el valle entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Cordillera de los Andes, irrigado por el río Cesar y Ariguaní al oriente y la ribera derecha del río Magdalena en el occidente. Se trata de lo que Marta Herrera ha catalogado como las llanuras del Caribe colombiano, zona de gran fertilidad por encontrarse rodeada diversas fuentes hídricas que irrigan constantemente el terreno.

La región Caribe era gobernada por el supremo Cacique Upar, en quien descansaba la organización y orientación de toda la región, antes de que el imperio español la conquistara durante la primera mitad del siglo XVI. Era llamada Provincia de Padilla, nombrada así por el prócer independentista y riohachero, almirante José Prudencio Padilla. Durante este período precolombino la región norte de la Provincia era llamada El Valle de Upar.

Valledupar es la actual capital del departamento del Cesar desde 1967. Fue fundada el 6 de enero de 1550 por los conquistadores españoles capitán Hernando de Santana y Juan de Castellanos, quienes escogieron la parte septentrional del Valle, bañado por el río Guatapurí, que en lengua Chimila significa «agua fría». Los frailes Capuchinos la bautizaron Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, por coincidir la fecha de su fundación con el día de los Reyes Magos.

Pese a que nuestro nombre –Valledupar– se compone por la geografía adjetivada posesivamente en cabeza del Gran Cacique, cuyo nombre permaneció respetado por los mismos conquistadores españoles, no hay rastro de los Chimilas en nuestros Himnos departamental, ni municipal. Poco los conocen las nuevas generaciones y nada se enseña en los colegios sobre esa otrora gran tribu de la rama Chibcha de la cual los vallenatos o valduparenses somos todos hijos.

Los chimila fueron un gran obstáculo para los conquistadores extranjeros; reseñados desde el primer contacto como belicosos y guerreros. Ese calificativo les permitió sobrevivir y por su resistencia, no fueron “ni aniquilados, ni vencidos”, según lo expone magistralmente Edgar Rey Sinning en su artículo del mismo nombre. Los chimila también sobrevivieron al esclavismo italiano en 1920, quienes se apoderaron del territorio para el robo del bálsamo de Tolú y aún hoy, reducidos, viven de la agricultura, pero mayormente, de ser los jornaleros de ganaderos cesarenses.

A diferencia de los arhuacos, los chimila son monoteístas y creen en la inmortalidad del alma desde antes de la cristianización de los españoles. Su modelo de organización social consistía en un conjunto de poblados organizados a partir de la implantación de núcleos de personas emparentadas entre sí, con lo que inhibían tensiones al interior de la comunidad y de las mismas familias. El cacicazgo lo podía desempeñar un hombre o una mujer, y era meritocrático. Las anteriores son características que perviven en los vallenatos, incluso, la vena musical y artística de estas tierras se la debemos a los chimila, quienes desde sus orígenes han sido músicos, alfareros y agricultores.

Los Ette Ennaka son la verdadera «gente propia» –significado de su nombre–. Habitan zonas que actualmente conforman El Copey, Bosconia, Chiriguaná, los corregimientos de Mariangola, Aguas Blancas, Caracolí y Los Venados, en Valledupar. Es un gran acontecimiento que los reducidos chimila aún hablen su idioma Ette Taara que significa «lengua de la gente», ya que anteriormente temían hacerlo en público debido a la violencia que los hacendados desencadenaban contra lo que identificaban como restos de lo indígena.

Si este sigue siendo el Valle del Cacique Upar, y los Ette Ennaka aún pisan estas tierras ¿por qué los arhuacos han tenido mayor preponderancia en nuestra ciudad que los chimila?