Un remezón a la arrogancia y soberbia de la sociedad humana

Como médico debería, quizás de manera primaria, referirme a la actual amenaza mundial por los embates dados a los sistemas de salud, a la epidemiologia como ciencia y a la cruda realidad que ha llevado a la ciencia médica en materia de prevención, preparación y respuesta para el control de infecciones, y en este relevante caso, del coronavirus.

Ha llenado a plenitud parte de mis sentidos y funciones cognitivas la aparición del virus, su comportamiento, evolución y estado actual de la pandemia. Es decir, lo que hacen los epidemiólogos, hacer un seguimiento sobre su posicionamiento y permanencia en la comunidad. Y obviamente, le he dado la importancia médica que la situación amerita y creo estar cumpliendo bien mi papel desde donde estoy hoy como médico, para que ojalá no sea catastrófico su contacto con nuestra comunidad.

Pero he sido observador más allá de las medidas de prevención, de la clínica y la propuesta terapéutica. Me ha impactado el entorno de esta pandemia, desde el punto de vista histórico, sociológico, filosófico, económico y financiero, cultural y en general, el remezón que le dio a la sociedad humana, a sus líderes mundiales, a todas las formas de gobierno que existan sobre la faz de la tierra, sus estructuras capitalistas, socialistas y demás sistemas económicos o social vigentes.

Comienzo por mostrar mi extrañeza por la relación de la infección con el continente africano. Un creyente, de la fe que sea, podría pensar que si allá no está haciendo estrago es por voluntad de un ser superior que ha querido que a esa región del planeta con menos recursos que otras regiones, no llegue a acabar con lo poco que poseen, o a matar tanta gente de la manera más inmisericorde que pueda haber, debido a los escasos recursos médicos, a la poca capacidad instalada y probable pobre respuesta para controlarla.

Nos está demostrando ese ser superior que no es el poderío de los ejércitos, ni de las armas nucleares el que puede acabar de manera inerme con la población. Les está mostrando a los líderes mundiales que la supremacía no es más que soberbia y arrogancia y que una partícula invisible para el ojo del hombre puede poner a colapsar cualquier sistema, en cuestión de horas; somete a la raza humana así tengamos el más alto grado de inteligencia y sea el ser humano la cabeza de la cadena alimenticia. Nos ha puesto en evidencia que está por encima de la disputa y riquezas de los árabes y rusos; que la incredulidad de un presidente como Trump no es nada ni tiene valor y nos ha dicho que su potencia y poderío no podrá detener, si sigue actuando sin conciencia, el cambio de la naturaleza, y este cambio, sin disparar un tiro o sin estallar una bomba nuclear, puede acabar con la humanidad.

Hay una máxima anónima que dice que el ser humano cuando está lejos del peligro es autosuficiente pero cuando está cerca acude al ser superior. Esta es muestra de su pequeñez ante él.

Es deseable, que, así como los chinos construyen en 12 días una infraestructura hospitalaria con tecnología de punta para atender los enfermos por esa partícula diminuta llamada virus, también pudiéramos unir esas fuerzas de las potencias mundiales para acabar con miserias y desgracias que pueden desaparecerse o mitigarse con infraestructura de ese tipo y de otro, por ejemplo, provisión de agua potable, saneamiento básico y producción de alimentos.

Esas proezas, como la China, nos pueden poner optimistas porque mostramos que tenemos la capacidad de reaccionar y tomar esas medidas, pero no podríamos detener la fuerza de la naturaleza y peor si se unen virus, fenómeno climático y varios desastres naturales, si no actúan unidos los gobiernos del mundo.