Un sueño y la abuela mía

“Yo estaba dormido y estaba soñando que yo estaba con los amigos parrandeando que yo estaba con mis amigos en Barranquilla parrandeando”.

El aparte preliminarmente transcrito corresponde a la canción ‘El sueño’ de ‘Juancho’ Polo Valencia garbada en el año 1970, hemos recordado esa obra musical a propósito del tema que deseamos compartir con nuestros lectores.

Mientras el sacerdote presidia la santa eucaristía a la memoria de Juana Peralta Bermúdez, mi abuela por parte húmeda, al cumplirse el 5 de marzo reciente pasado un año más de su partida para siempre, fui abrumado por los recuerdos y muy especialmente, vinieron a mi mente algunas señales que recibí como si Dios me estaba preparando para la noticia que muy pronto habría de recibir.

Fue la noche del 4 de marzo de 1986, cuando me encontraba en Barranquilla cursando estudios de Derecho en la Universidad del Atlántico, y en la noche soñé que mi casa en Monguí estaba llena de gente, estábamos celebrando el grado de uno de mis hermanos, era de noche, y mi papá me convido para ir al patio a ver cómo iba la preparación de la comida y encontramos que las ollas estaban vacías porque se habían robado lo que se iba a brindar a los invitados, él se puso furioso y ordenó apagar la música diciendo que hasta allí llegaba la fiesta, en aquel momento un silencio aterrador se produjo y yo sentí miedo, desperté, sobresaltado, asustado y muy preocupado, eran las primeras horas de la madrugada y no pude dormir más.

A las seis y media de la mañana antes de irme para la ‘U’ le conté a la dueña de la pensión lo que me había sucedido, me dijo que el sueño con fiesta era malo, pero no di trascendencia al tema, pero llamé a Teresa Carrillo, una cotopricera de cepa muy querida por mi vieja quien vivía en Barranquilla y viajaba frecuentemente a La Guajira y me enteraba siempre de lo que por nuestros puebles sucedía, y le referí mi sueño, me dijo que había llegado el día anterior y que todo estaba bien, sin embargo, pasé todo el día con una sensación de preocupación sin saber porqué.

Sucedió que me encontraba en exámenes finales, ya que nosotros no estudiábamos por semestre sino por año, y las evaluaciones finales comenzaban en marzo, el 7 me tocaba el examen de Derecho de Familia, y tenía la costumbre de estudiar durante el día en la Universidad, y en las noches debía esperar que todos -más de diez- los demás pensionados subieran al segundo piso a dormir para estudiar toda la noche en la mesa del comedor en el primer piso, así organicé mis cosas para iniciar mi tarea, comencé a las 9 de la noche aproximadamente, abajo todo estaba en silencio, solo se escuchaban el pito de los grillos y mi fiel compañero, mi radiecito marca Crown sintonizado en Radio Jalisco, una emisora que mandaba rancheras día y noche, así transcurría para mí la noche cuando un poco después de las diez el ruidoso teléfono que quedaba a mis espaldas timbro… RIIIIIING!!!!, la verdad que no imaginé que sería para cosas buenas, y peor cuando al otro lado escuché la voz de mi prima Olivia Mendoza, quien después de saludarme me preguntó qué estaba haciendo, le conté que estaba estudiando, que tenía que amanecer, le pregunté qué pasaba yme dijo que solo me quería saludar y saber cómo estaba, pero entre líneas yo sentía el muermo de quien te quiere decir algo pero no se atreve, le dije, “algo esta pasando y no me quieres decir”, ella insistió que nada pasaba pero no le notaba suficiente convicción al responderme, minutos después, nos despedimos pero quedé con la espinita en la mente y pensé en el sueño que me inquietaba, continúe estudiando -y tratando de volverme a concentrar- el examen era extenso, y mi profesor -Julián Caballero- bastante exigente, y los compañeros de cursos superiores me advertían que si uno no estudiaba bien el libro de Arturo Valencia que tenía más de 300 páginas lo partía en, pues bien, yo hacia mi mejor esfuerzo por avanzar cuando sobre la mesa se posó un pajarito, negro, feo y pequeño, como pude lo hice salir, sentí miedo, recordé que mi vieja me decía que los animales anunciaban y presentían las malas noticias, y para empeorar el perro que había en el patio comenzó a ladrar, encendí las luces de afuera y me asomé por los calados de la cocina pero no vi nada, en ese momento el teléfono volvió a repicar… RIIIIIIIING!!, era nuevamente mi prima, cerré los ojos y le dije: “Dime de una lo que me vas a decir”, fue cuando me dijo que mama Juana Peralta, mi abuela, había fallecido, la verdad que fue un momento brutal, intentaba seguir leyendo, pero el impacto de la noticia me lo impedía, así amanecí dándole al tema hasta las 5 de la mañana, a las 6 me bañe y me vestí, armé un maletín para salir del examen para Monguí, y como si ella me estuviera iluminando, a pesar de la rajadera que hubo obtuve una calificación de 4.0, sin duda sentía mi ser querido que nos dejaba guiaba ese día mi mente y mi mano.

Era mi abuela una mujer trabajadora, pendiente de todo y de todos, que tenía unas manos prodigiosas para hacer una arepa de queso del tamaño de una llanta de tractor, y unos tabacos de calilla con la medida y el picado perfecto, al cual daba el toque final con su tijera roma y cuando le jalaba el palito de matarratón del centro para que quedara el huequito perfecto… ¡suassss!, , todavía echamos de menos a mama que a todos sus nietos nos trataba de “puñeteros”, Dios la tenga en su santa gloria.