Un tesoro llamado papá

Hace poco hallé mi máquina de escribir. Si, una de marca “Brother” que me obsequió mi papá cuando inicié el bachillerato en el Colegio Sagrada Familia, cuya modalidad Técnico – Comercial incluía la materia de mecanografía la cual dirigió magistralmente, una leyenda viva cuyo insigne nombre era ampliamente conocido en todo Riohacha: La señorita Olga Ricciulli o la “Seño Olguita” como cariñosamente la llamábamos. Para esa época ya había pasado por mis torpes manos de mecanógrafa novata, un enorme armatroste marca “Remington” de su propiedad también, mientras llegaba aquella que sería la que me acompañaría de forma definitiva en mis peripecias de bachiller.

Así era mi papá, siempre atento y dispuesto a las necesidades de mí proceso académico, pues para él, eso fue siempre lo más importante. Cierro los ojos y llega a mi memoria su mensaje recurrente: “Hija estudie, que eso es lo que le queda a uno en la vida”. Para él, la preparación intelectual y la ética de trabajo eran elementos fundamentales para el ser humano, dado que en su hogar había recibido los principios y valores que naturalmente eran enseñados para los de su generación, nacida en la década de los años 30. Es decir, que la honestidad, la ética de trabajo, la responsabilidad, el respeto y la laboriosidad, eran conceptos forjados cotidianamente en los hogares a través de su práctica y reforzados mediante ejemplo.

Y sus mayores alegrías fueron justamente, mis logros, las buenas notas, algún comentario positivo de la profesora de grupo sobre mi desempeño, que le preguntara sobre las temáticas de las tareas en casa, o que le pidiera que me ampliara algunos conceptos de las clases. Siempre estuvo presente en mis presentaciones culturales y artísticas cuando la ocasión lo permitía, recibió personalmente mis boletines de calificaciones, y acudía al colegio de ser necesario. También se ocupaba de motivarme y recompensarme cuando lo estimaba necesario, como aquella vez en que cursaba séptimo grado, y habiendo sido la única que obtuvo un anhelado diez en matemáticas, dado que estaba de viaje cuando esto sucedió y le di la noticia por teléfono, a su regreso se presentó con una bella cámara fotográfica de color rojo, ya que sabía de mi afición por las fotografías. Este hobbie hasta el día de hoy, permanece intacto.

Mi papá siempre fue un padre presente, de alma, vida y corazón. En ello pensaba con inmensa gratitud hace algunos días en que la navidad adquiere sabor a nostalgia, pues su partida al Reino de Dios, sucedió un sábado 6 de diciembre de 1997, mientras yo cursaba el segundo semestre de Derecho en la Universidad Santo Tomás de Bucaramanga.

Pasadas las siete de la noche, recibí aquella nefasta noticia en la voz quebrantada de mi madre, avasallada por su propio dolor y por la preocupación de que su única hija viajara sola por tierra durante doce horas, a decirle adiós a quien había sido hasta el último segundo de su vida, un protector noble, ser amoroso, esposo dedicado, y un padre extraordinario.

En esta época preciosa en que la generosidad florece naturalmente en el corazón de los seres humanos, en que abrazamos la bondad, y en que celebramos el nacimiento del Niño Dios en un humilde pesebre, honro a los padres que derrumban con amor los mitos sobre la paternidad. Aquellos que cambian pañales, dan tetero, sacan gases, los bañan, se levantan en las noches a consolar a sus hijos recién nacidos, los que no temen cuidarlos cuando por alguna razón extraordinaria la madre no está, los que se sientan a comer, juegan sentados en el piso, o ven televisión abrazados volviendo a ser niños junto a sus tesoros, los que enseñan buenos hábitos como la limpieza, el orden, la lectura, el arte o el deporte, los que ejercen autoridad mediante el ejemplo. Celebro a quienes superan las perversas barreras del machismo, para demostrar con sus actos que padre no es cualquiera, pues yo tuve ese valioso tesoro llamado papá y hoy doy gracias a Dios porque mi hijo también lo tiene, porque son muchos en el mundo y porque deseo que cada niño y niña lo tenga en su vida.