Una caída estrepitosa

Ocurrió lo que deseaba gran parte de la humanidad. Como en la crónica anunciada, la diferencia es que en esta oportunidad no es la muerte  física de una persona como en la novela, sino el ocaso político de un error histórico y de una vergüenza y afrenta para los seres humanos.

Donald Trump con exigua virtud y frondosa audacia se adueñó del poder y abusó hasta la saciedad de él. El pueblo estadounidense lo escarmentó sin equívocos e hizo la más grande votación no a favor de su contrincante, sino en contra de él. Crimen y castigo, la novela de Dostoievski, se queda corta ante la realidad.

Por mal perdedor está saliendo por la puerta trasera de la Casa Blanca con toda la infamia de manchar la reputación de la democracia y el sistema electoral de su país. Una caída estruendosa a la altura del personaje, desde su mismo ego y de la cúspide del rascacielos Trump-Tower de Manhattan. El meme que circuló recientemente por las redes sociales donde la estatua de La Libertad con una cauchera gigantesca lo dispara y manda lejos, es quizás lo que mejor describe lo acontecido. La democracia y su símbolo la libertad, despidió al desacierto hecho presidente. Salió con pena y sin gloria.

La historia de USA tiene tres vergüenzas descomunales. La primera, el haber aniquilado físicamente a los pueblos originarios: apaches, sioux, cheroquis, cheyenes, pies negros, navajos, entre otros, con costumbres, lenguas y estilos de vida muy diferentes, que desempeñaron un papel importante en la historia de Estados Unidos. En una feroz campaña de exterminación, despojo y aculturación, Hollywood nos mostró sin escrúpulo alguno en cientos de películas, cómo los colonizadores practicaban tiro al blanco con estos indígenas, como si fuesen botellas de Coca-Cola. En América del Norte fueron asesinados millones de indígenas desde que los europeos pusieron un pie en este continente.

La segunda vergüenza es el sometimiento de 650.000 africanos desde que fueron llevados en 1619. Los linchamientos en público, azotes y amputaciones eran cosa común hasta la abolición de la esclavitud en 1863. Luego aparecen las leyes de Jim Crow y el Kukux Klan, organización que promueve la supremacía blanca, xenofobia, antisemitismo, homofobia, anticatolicismo y anticomunismo. Lo que cesó, aparentemente, con la lucha por los derechos civiles. Los desalmados colonizadores y sus descendientes están convencidos de su hegemonía aduciendo razones de tipo racial. Lo que por lógica es estúpido desde lo científico; moralmente condenable y socialmente injusto.

La tercera vergüenza es no solo haber elegido a un supremacista hijo de miembros del Kukux Klan como presidente de ese país con la terrible consecuencia de haber exacerbado el racismo estructural y despertado esa aterradora organización al frente de la Casa Blanca, sino que la persona designada reúne lo más aborrecible del ser humano que lo hace la antípoda del líder carismático. Con un discurso cargado de odio que mantiene esa discriminación visceral contra afrodescendientes, asiáticos y latinos que provienen de “países de mierda”, como él dice sin recato. Su Gobierno ha tensionado al planeta manteniendo varios frentes de guerras hegemónicas, optó por salirse del tratado nuclear internacional, niega el cambio climático saliéndose del acuerdo de París y abandonó a la OMS en plena pandemia.

Así pues, al momento de terminar esta nota, doblaban las campanas anunciando la muerte sin resurrección de un mal recuerdo y ojalá todo quedé ahí, y que el Partido Republicano no consienta que este energúmeno, mal perdedor y embustero empedernido, recurra con sus huestes extremistas a la violencia y actos intimidatorios. Que reaccione,  desautorice y contenga a sus seguidores más enloquecidos, que están armados hasta los dientes. Que la próxima vez que Donald Trump diga algo en público, sea para pedirle perdón a la humanidad.