¿Y si empezamos a cuestionarnos?

En una sociedad puramente patriarcal donde la supremacía del hombre oprime a la mujer restringiendo sus oportunidades, derechos y libertades, se hace imperante una nueva consciencia que iguale a hombres y mujeres.

Sobre esta idea se fundamenta el feminismo, a pesar de que el desconocimiento y la desinformación han vestido esta palabra de negatividad y rechazo. Reconocer que la normalización de las conductas, tradiciones y costumbres ubican en desventaja a la mujer es el primer paso para promover la equidad entre los sexos. Las diferencias a las que se hace alusión no son las físicas y biológicamente evidentes, sino aquellas producto de la socialización y la cultura, donde se rezaga el rol de la mujer en todos los ámbitos existenciales.

La emancipación femenina es necesaria, pero las mujeres estamos dormidas; nuestra fuerza y poder están sedados. La conservación de las estructuras socioculturales en las que vivimos nos niega la historia creada desde una división de género injusta y desigual y nos sume en una aceptación irreprochable de aquello que “debemos ser”. Al igual que el despertar de una larga siesta, volver en sí cuesta. Los ojos resisten su apertura, la mente se confunde sobre tiempo y espacio, el cuerpo adolece por las malas posturas al dormitar, pero el despertar es ineludible y el llamado a la realidad, claro y fuerte. La sensación de descanso y la nueva energía llegan lentamente. Es un nuevo comienzo. Del mismo modo se vive el proceso de liberación femenina. Al principio las estructuras mentales preestablecidas resisten su fractura; hay mucha contradicción y negación; ver con otros ojos lo normalizado desde el inicio de la vida es toda una hazaña; reconfigurar y deconstruir verdades, costumbres y tradiciones toma tiempo, coraje y fuerza.

De todos los roles posibles como persona, el de ser mujer es, quizás, el que implica más complejidades. El peso invisible de las cargas que soportamos nos ha sometido históricamente a padecer opresión, presión social, privación, cosificación de nuestros cuerpos, limitación de nuestros oficios, minimización política y económica, violencia, entre otros agravios más. La lista es extensa y por cada punto surgen mares de reflexión y cuestionamiento. Sin embargo, hay tres elementos en los cuales quisiera enfatizar, teniendo en cuenta el impacto y la importancia que tienen para que las mujeres puedan abrirse camino desde la marginalidad; estos son: el amor romántico, la independencia económica y la libertad.

Sobre el amor y sus vicisitudes filosofaba un día cuando Jorge, un gran amigo, me dijo: “los hombres están sobrevalorados”, sin una palabra más, ni una menos. Su argumento fue revelador. Digerirlo me tomó días; entender lo que significaba fue una invitación a cuestionar, pero esta vez, desde un ángulo diferente. En mi cabeza rebosaban las preguntas: ¿Para cuántas cosas los necesitamos realmente?, ¿es más importante el amor y la compañía de un hombre que el amor propio y la construcción de una individualidad sólida y libre?, ¿cuánto tiempo y energía merecen?, ¿por qué es el amor romántico una prioridad para las mujeres y no tanto para los hombres?

Las preguntas me llevaron ineluctablemente al matrimonio, principal fuente de realización de las mujeres aún en la actualidad. Ese deseo de unirse a alguien es cultivado desde la primera infancia con mayor vehemencia en mujeres que en hombres. Es la convención afanosa con la que delira la gran mayoría de nosotras como si en ello estuviera el principio y el fin de la vida. Me surgieron entonces más cuestiones: ¿Cuánto condicionamiento hay alrededor de esta aspiración?, ¿somos verdaderamente conscientes de que el matrimonio es, por encima de todo, un cúmulo de renuncias y sacrificios?, ¿Tenemos claro que esta institución tan anhelada da prestigio, pero quita libertad?, ¿ponderamos sensatamente los pros y contras de una decisión tan importante o simplemente asumimos la alianza como un requisito social ineludible?

Eduardo Galeano, en su libro ‘Mujeres’ plantea más interrogantes (quizás sobre un mundo al revés): ¿Qué ocurriría si una mujer despertara una mañana convertida en hombre? ¿Y si la familia no fuera el campo de entrenamiento donde el niño aprende a mandar y la niña a obedecer? ¿Y si el marido compartiera la limpieza y la cocina? ¿Y si la razón y la emoción anduvieran del brazo? ¿Y si nadie fuera propiedad de nadie? El brillante Galeano además dice que “para que el amor sea natural y limpio, como el agua que bebemos, ha de ser libre y compartido; pero el macho exige obediencia y niega placer. Sin una nueva moral, sin un cambio radical en la vida cotidiana, no habrá emancipación plena.

Si la revolución social no miente, debe abolir, en la ley y en las costumbres, el derecho de propiedad del hombre sobre la mujer y las rígidas normas enemigas de la diversidad de la vida”.